COMENTARIO

 Ct 1,5-2,7 

Este primer poema puede dividirse en tres partes. Comienza cuando la amada sale en busca del amado (1,5-8), sigue con el encuentro de los amantes y el canto en el que cada uno exalta la singularidad del otro (1,9-2,3), y concluye con la quietud de la unión amorosa (2,4-7). Los dos últimos versículos (2,6-7) son prácticamente los mismos que se repiten al final del poema (8,3-4). Por tanto, se puede pensar que la plenitud del amor que aquí se describe es todavía una esperanza: ha de pasar aún por las pruebas que lo acrisolen.

Las imágenes utilizadas invitan a leer el canto como un diálogo amoroso entre Israel y Dios en los tiempos de la restauración, tras el destierro de Babilonia (siglos VI-V a.C.). Dios es el amado que, como en otros textos proféticos que aluden a esa época, es descrito con la imagen de pastor (1,7; cfr Is 40,11; 49,9-10; Ez 34,14-15; etc.), y la de rey (1,12; cfr Is 41,21; 43,15; etc.). Algunos rasgos de la amada —se sugiere una falta ya perdonada (1,6); ser como una azucena de los valles (2,1-2); recostarse a la sombra del amado (2,3); etc.—, llevan también a pensar en otros pasajes proféticos en los que se describe la restauración de Israel con términos semejantes: «Seré como rocío para Israel, florecerá como la azucena. (…) Volverán a habitar a mi sombra, a cultivar el trigo, a florecer como la vid. (…) Efraím, ¿de qué le servirán ya los ídolos? Yo le atiendo y le miro» (Os 14,6-9). Finalmente, el espacio del que habla el poema —En-Guedí (1,14) está en Judea, cerca de Jerusalén, y Sarón (2,1) es la llanura entre Jope y el monte Carmelo— sugiere también el momento de unificación de todo el territorio de Israel que se hace así partícipe del don de su Dios.

Contemplando a Jesucristo como Amado y Buen Pastor, San Gregorio de Nisa, compuso esta bella oración a propósito del pasaje: «¿Dónde pastoreas, pastor bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? (…) Muéstrame el lugar de reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna: Indícame, amor de mi alma, dónde pastoreas. Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación» (In Canticum Canticorum commentarius 2).

Volver a Ct 1,5-2,7