COMENTARIO

 Ct 2,8-3,5 

La lectura del segundo poema supone la aceptación del amor —con la que concluía el poema anterior— que ahora se desarrolla por el día (2,8-17) y por la noche (3,1-5). La acción recomienza: el último poema concluía con el sueño, y éste se abre con el despertar.

Trata de los momentos del amor —el día y la noche—, de los lugares —el campo y la ciudad—, y de los movimientos de que se compone: la presencia y la ausencia. El día se describe con el goce de los amantes, en comunión con la naturaleza que despierta en primavera (2,8-17); la noche se caracteriza por la ausencia del amado y la búsqueda angustiosa de la amada hasta que lo encuentra (3,1-4). Concluye, igual que el poema anterior (3,5; cfr 2,7), con el sueño de la persona amada velado por el amante; sólo que si antes parecía que era el amado quien hablaba, ahora la súplica parece que es de la amada. Seguimos aquí el texto hebreo. Como antes (cfr 2,7), las versiones latinas leen «amada» en lugar de «amor».

Los motivos que aparecen en la descripción —la primavera, la voz, el rostro de la persona amada, etc.—, son muy semejantes a los que se encuentran en cantos de amor orientales de los siglos XIV ó XIII a.C. Con todo, no pueden dejar de percibirse alusiones a la imagen de Israel y Dios unidos en alianza esponsal. El estribillo del v. 16: «Mi amado es para mí, y yo para él», evoca la expresión: «Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Jr 11,4; cfr Jr 7,23; 31,33; Ez 36,28; Os 2,25; etc.); de la misma manera, que se convoquen, al unísono, el amor esponsal y la naturaleza en plenitud, trae a la memoria los textos de los profetas que expresaban con imágenes semejantes la espera ansiosa de que Dios se manifestara como amado y protector de Israel: «Reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia, como novio que se ciñe la diadema, como novia que se adorna con sus joyas. Como la tierra echa sus brotes, como el huerto hace germinar sus semillas, así el Señor Dios hace germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones» (Is 61,10-11; cfr 62,4-5; Os 2,16-23; etc.).

Volver a Ct 2,8-3,5