COMENTARIO

 Ct 2,8-17 

El canto celebra, en campo abierto, un renacimiento de la naturaleza y del amor. Como la fecundidad de la primavera triunfa sobre la esterilidad del invierno, el amor triunfa sobre el egoísmo que nos tiene aprisionados en nosotros mismos. Esa era la interpretación patrística de la primavera aquí expresada: «En el invierno de la idolatría, la naturaleza movediza de los hombres, por su culto a los ídolos, se había hecho inmóvil como ellos (…). Es lógico que sucediese de ese modo. Los que contemplan a Dios adquieren propiedades de la naturaleza divina, en cambio los que dan culto a la vanidad de los ídolos se transforman en lo que miran, se petrifican por identificarse con los ídolos» (S. Gregorio de Nisa, In Canticum Canticorum commentarius 5).

Comienza el poema con la voz de la amada que está a la espera del amado: le reconoce en la lejanía, por la voz (v. 8), y en la cercanía, por el rostro (cfr v. 9). En correspondencia, el amado cantará después el rostro y la voz de la amada (v. 14). El cuerpo del poema (vv. 10-14) es la invitación del amado a gozar del amor en comunión con la naturaleza. De ahí también la petición conjunta del v. 15: hay que hacer desaparecer todo cuanto estorbe esa celebración triunfal. Las palabras finales de la amada en las que reclama para sí y de manera exclusiva al amado (v. 16), al tiempo que le ofrece la libertad (v. 17), serán después estribillo (6,3; 7,11) y final (8,14) del Cantar.

La lectura alegórica del poema como una celebración de la alianza esponsal entre Dios e Israel en el tiempo de la restauración es relativamente fácil. Israel es representado en muchos textos proféticos (Is 5,1-7; Os 10,1; etc.; cfr Mt 21,33-44) con la imagen de la viña. También esta literatura expresaba las épocas de infidelidad y fidelidad de Israel a Dios con las imágenes de la devastación y el jardín del Edén respectivamente (cfr Jr 12,7-13; Os 2,14; etc.).

Prolongando esta lectura alegórica, la literatura ascética veía en la viña al alma y en las raposas, las dificultades que todavía tiene ésta para amar indefectiblemente a Dios: «Deseando, pues, el alma que no le impidan la continuación de este deleite interior de amor, que es la flor de la viña de su alma, ni los envidiosos y maliciosos demonios, ni los furiosos apetitos de la sensualidad, ni las varias idas y venidas de las imaginaciones, ni otras cualesquier noticias y presencias de cosas, invoca a los ángeles diciendo: que cacen todas estas cosas y las impidan, de manera que no impidan el ejercicio de amor interior, en cuyo deleite y sabor se están comunicando y gozando las virtudes y gracias entre el alma y el Hijo de Dios» (S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Canción 16,3).

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