COMENTARIO

 Ct 3,6-5,1 

Si leemos el Cantar como una unidad, este tercer poema está en el centro y tiene sus particularidades respecto de los otros. Faltan los estribillos que se repiten en los otros poemas del Cantar (2,6-7: cfr 3,5; 8,3-4; y 2,16: cfr 6,3; 7,11), y, frente al diálogo y la exaltación que dominaban los anteriores, el tono de este poema es más descriptivo.

Dentro de una cierta heterogeneidad de contenidos —descripción de la litera de Salomón (3,6-10), de la belleza de la «amada» (4,1-7), y de la «esposa» (4,8-15), con un diálogo final (4,16-5,1)— y de formas —se recogen una palabra griega (3,9: appyron) y otra persa (4,13: pardes)— que hacen pensar en una unión artificial de poesías de procedencia diversa, el poema se deja leer como una unidad en torno al «Día de bodas» (cfr 3,11).

Supuesta la unidad del poema, que sin duda es artificial, estos versos subrayan el aspecto visual. Comienzan con el descubrimiento en el horizonte de «algo» que se acerca, y, al poco, se ve que es la litera de Salomón con su escolta (3,6-7). En la cercanía se describen, con asombro, la litera y Salomón (3,8-11).

El canto no especifica quién sube desde el desierto. Si, en paralelo con 8,5, pensamos que es la amada, la imagen se prolonga a continuación con la descripción de su belleza por parte del amado (4,1-15). Esta descripción tiene dos secciones. En la primera (4,1-7) la joven es denominada «amada» y recoge un retrato poético del cuerpo de la mujer; en la segunda (4,8-15), es llamada «esposa» y expresa más bien los sentimientos que ésta despierta en el amado.

Una de las imágenes que el amado aplica a la esposa es la de «huerto cerrado» (4,12; cfr 4,15). En la parte final del poema se retoma esta imagen para expresar la unión nupcial. Esta parte se cierra con la invitación a la alegría que deben compartir los amigos del esposo por esta unión.

La alianza esponsal de Dios con Israel es motivo recurrente en la literatura profética, pero se prolonga en los Padres de la Iglesia que leen en estos versos el desposorio de Cristo con la Iglesia en la Cruz. San Hipólito, Orígenes, y otros, son testigos de esta aplicación: «El Verbo de Dios descendió para unirse a su Esposa, muriendo voluntariamente por ella para transformarla en gloriosa e inmaculada en el baño de la purificación. Porque, de otra forma, la Iglesia no podría concebir a los creyentes, ni hacerlos nacer de nuevo con el baño de la regeneración» (S. Metodio de Olimpo, Symposium 3,8).

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