COMENTARIO
Habla ahora el amado–esposo. Con sus palabras desvela sus sentimientos ante la amada. Hay dos partes en estos versos que pueden denotar distinta procedencia. La primera (vv. 1-7) canta la belleza física de la «amiga» y concluye con una expresión significativa: no hay «tacha» alguna en ella. La segunda (vv. 8-15) comienza con el deseo de que la «esposa» se haga cercana y presente —los lugares mencionados en el v. 8 son vecinos de Palestina—, y proclama los sentimientos que la esposa despierta en el esposo. Concluye con otra expresión significativa: «Huerto cerrado» (v. 12), «fuente de los huertos» (v. 15). El poema es así una descripción adecuada de la singularidad del otro en el amor esponsal: «Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único (…). Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 49).
Al mismo tiempo, las imágenes utilizadas invitan a leerlo de manera alegórica como la alianza esponsal entre Dios y su pueblo ya que en la literatura que imagina cómo será la época de la restauración, Israel es denominado esposa (Is 54,6; Os 2,18; etc.), y jardín (Is 51,3; 61,11; Ez 36,35; Os 14,5-7; etc.). Israel está ya purificado, no queda en él ninguna mancha (cfr v. 7) y ofrece su integridad a Dios, el esposo. Los dos motivos, el amor esponsal y la entrega de Dios a su pueblo, se actualizarán después en el Nuevo Testamento para describir las relaciones entre Cristo y la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios: «Maridos: amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola mediante el baño del agua por la palabra, para mostrar ante sí mismo a la Iglesia resplandeciente, sin mancha, arruga o cosa parecida, sino para que sea santa e inmaculada. Así deben los maridos amar a sus mujeres, como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, pues nadie aborrece nunca su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Gran misterio es éste, pero yo lo digo en relación a Cristo y a la Iglesia. En todo caso, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer reverencie al marido» (Ef 5,25-33).
En la lectura alegórica, las diversas cualidades de la amada se han aplicado a la Iglesia, porque «como suelen celebrar los amantes las alabanzas de los que aman, y celebran muchísimo lo que se refiere a la elegancia del cuerpo y a la hermosura del rostro de ella, así Dios hablando de la Iglesia, como de mujer dotada de forma elegante, recuerda cada una de las partes de su rostro y cuerpo» (Fray Luis de León, In Canticum Canticorum triplex explanatio 4,3). Pero de manera eminente quien posee las cualidades de la esposa en grado sumo es la Virgen María. Por eso no es extraño que la Tradición de la Iglesia haya leído los vv. 7 y 12-15 como anuncios de su ausencia de pecado —la Inmaculada— y su integridad: la Virginidad perpetua. «Huerto cerrado y Fuente sellada te denominó con antelación en los Cánticos el esposo que de ti proviene. Huerto cerrado, porque sin haberte tocado la hoz de la corrupción, ni haber conocido la vendimia, con toda pureza germinaste para el género humano la flor de la raíz de Jesé, cultivada en ti solamente por el puro e incontaminado Espíritu. Fuente sellada, porque el río de la vida, que de ti manó, inundó toda la tierra, pero en tu manantial no se vio ningún ramo de esposa» (Hesiquio, De Sancta Maria Deipara).