COMENTARIO
El poema reproduce motivos ya aparecidos antes: la búsqueda en la noche (5,5-8; cfr 3,1-4), el retrato poético de la persona amada (5,10-16; cfr 4,1-5), y la mutua pertenencia de los amantes (6,3; cfr 2,16). Sin embargo, a pesar de la reiteración, describe adecuadamente lo que es el amor, que tiene la capacidad de decir las mismas cosas sin por eso repetirse.
En el desarrollo del libro, el comienzo del poema es un tanto desconcertante. El anterior concluía en la unión del día de bodas y éste se inicia con un desencuentro (5,2-6). Como consecuencia, la amada inicia una búsqueda tormentosa del amado (5,6-8). Una pregunta de las hijas de Jerusalén (5,9) le sirve a la amada para describir las excelencias del amado (5,10-16). Una nueva pregunta (6,1) provoca la conclusión del poema: la pertenencia mutua de los amantes no podrá ser nunca desmentida (6,2-3).
En el conjunto del libro, el poema recorre las vicisitudes del amor: presencia y ausencia de los amantes, pérdidas y reencuentros, errores y pruebas que lo acrecientan. Como la protagonista es la amada, el poema se puede leer como la alegoría del amor de Israel por su Dios, amor que, aunque no siempre fue completamente fiel, está llamado a consumarse. También la tradición ascética lo leyó como ilustración de los estados del alma en el amor a Dios, en donde conviven luz y oscuridad, devoción y sequedad, consuelo y desolación: «En este estado, pues, de desposorio espiritual, como el alma echa de ver sus excelencias y grandes riquezas, y que no las posee y goza como querría a causa de la morada que hace en carne, muchas veces padece mucho, mayormente cuando más se le aviva la noticia de esto (…). Pues cuando Dios hace merced al alma de darle a gustar algún bocado de los bienes y riquezas que le tiene aparejadas, luego se levanta en la parte sensitiva un mal siervo de apetito, ahora un esclavo de desordenado movimiento, ahora otras rebeliones» (S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Canción 17,1).