COMENTARIO
La pregunta de las hijas del Jerusalén (v. 9) introduce el retrato poético del amado por parte de la amada: dos descripciones de carácter general —v. 10: único «entre millares»; v. 16: todo él «delicias»— encierran un retrato físico que recorre las diversas partes del cuerpo.
Las imágenes que escoge la amada remiten a dos lugares distintos. Unas —el oro (vv. 11.14.15), las piedras preciosas y el marfil (v. 14), el mármol y los cedros (v. 15)— denotan majestuosidad, y evocan los elementos del Templo de Jerusalén que se describe en 1 R 6-7. La lectura alegórica, que ve en el amado al mismo Dios, o a Cristo, Dios hecho hombre, está aquí muy justificada: «Éste es aquel que se ha hecho nuestro prójimo por su benignidad para con nosotros, el que nos ha nacido de Judá y se no ha hecho familiar, el indicado por la esposa a sus doncellas, el señalado por la esposa virginal cuando dice a las hijas de Jerusalén: Así es mi amado, así es mi amigo, hijas de Jerusalén. Sucédanos a nosotros que podamos, por las señales dadas y guiados por el Espíritu Santo, conocer y alcanzar a aquel que es la salvación de nuestras almas, a quien sea da la gloria por siempre» (S. Gregorio de Nisa, In Canticum Canticorum commentarius 14).
Las otras imágenes —palomas (v. 12), plantas aromáticas, azucenas y mirra (v. 13)— se han aplicado a lo largo del Cantar a la amada. Por eso la lectura sugiere la transformación del amante en el amado que supone el amor: «Porque el amor no sólo iguala, mas aún sujeta al amante a lo que ama» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 1,4,3).