COMENTARIO
Otra vez el poema parece un conjunto heterogéneo de fragmentos de procedencia diversa. Algunos nombres propios (6,12; 7,1), que no han aparecido en todo el Cantar, resultan enigmáticos; hay dos retratos de la amada (6,4-10; 7,2-10) de tono bastante distinto, etc. Con todo, en el conjunto del libro, el poema recibe una cierta unidad ya que recopila —aunque dándoles una gradación— temas y motivos abiertos en poemas anteriores.
Se reúnen los motivos. El retrato poético de la amada recoge ahora (6,5-7; 7,4) los mismos términos comparativos que un retrato anterior (4,1-3.5), pero, en paralelo con lo que se ha dicho poco antes del amado —es uno entre millares: 5,10—, ahora se dice que la amada es única (6,9). Algo semejante se puede decir a propósito de otras imágenes recurrentes: la primavera como estación del amor (7,12-14; cfr 2,10-15), la casa de la madre (8,2; cfr 3,4), etc.
También se recobran los temas presentes en los estribillos del Cantar. El primer poema concluía con la súplica de «no despertar al amor» hasta que él quisiera (2,7) y ésa era también la conclusión del segundo poema (3,5). Sin embargo, en ese segundo poema se introducía el tema de la mutua pertenencia (2,16) que era, poco después, la conclusión del cuarto poema: «Yo soy de mi amado, y mi amado es mío» (6,3). Ahora, en el último poema, se recuperan ambos estribillos: los retratos de la amada acaban con el de la mutua posesión (7,11) y la celebración del amor con el ruego de no desvelarlo (8,4). La gradación de los contenidos del Cantar —ahora ya no hay búsqueda, sino celebración— hace que lo que antes sólo era promesa ahora es ya realidad. El amor, como comentarán los Padres, tiene la capacidad de renovar a quien lo practica: «Éste es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. Este amor, hermanos queridos, renovó ya a los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas; y luego a los bienaventurados apóstoles; ahora renueva a los gentiles, y hace de todo el género humano, extendido por el universo entero, un único pueblo nuevo, el cuerpo de la nueva esposa del Hijo de Dios, de la que se dice en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es ésa que sube del desierto vestida de blanco? Sí, vestida de blanco, porque ha sido renovada; ¿y qué es lo que la ha renovado sino el mandamiento nuevo?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 65,1-3).