COMENTARIO
En el poema anterior la amada cantaba la singularidad del amado, y ahora es éste quien toma la palabra para singularizar a la amada. El canto reproduce un retrato poético de la amada (vv. 5-7; cfr 4,1-3) que se abre y se cierra con la misma imagen: «Terrible como escuadrones en orden de combate» (vv. 4 y 10). Como en otras ocasiones, las metáforas del Cantar pueden desconcertar al lector si no recurre a la imaginación, pero lo cierto es que todavía hoy acudimos a este lenguaje bélico cuando decimos que una persona nos cautiva o nos conquista. El retrato de la amada es paralelo al que ésta hacía del amado en el poema anterior (5,10-16), aunque con un orden inverso: tras la descripción de las cualidades (vv. 5-7), viene la declaración de la singularidad de la amada (vv. 8-9). Él es único (5,10) y ella es única (v. 9): el amor esponsal es monógamo.
Por otra parte, en el poema anterior, algunas cualidades de la belleza del amado tenían su correspondencia en la ornamentación del Templo de Jerusalén, e invitaban con ello a la lectura alegórica. Algo semejante sucede ahora: la belleza de la amada se compara a Tirsá, la primera capital del reino del Norte (cfr 1 R 14,17; 15,21; 16,15; etc.), y a Jerusalén, capital del reino del Sur. La amada resume en sí misma la belleza de la tierra prometida, Reino de Dios. Es más, en esta perspectiva, la amada, ya purificada (v. 10: «alba»; cfr 1,5: morena), resume en sí misma la belleza del cosmos (v. 10). En el horizonte bíblico, el lector no puede dejar de evocar en esta imagen a la mujer del Apocalipsis —representante de Israel, Pueblo de Dios; de la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios; y significada en la Virgen, compendio del Pueblo de Dios— tal como aparece en la visión de San Juan: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12,1). Así lo expone San Ambrosio: «Imitad, hijas mías, a ésta a quien se acomoda aquello que se dijo de la Iglesia ¡Qué bellos son tus pies en tus sandalias, hija de Aminadab!, a causa de la Iglesia camina ella llena de hermosura por la predicación del Evangelio. También camina hermosa el alma que usa del cuerpo como de un calzado, de modo que pueda dirigir sus pasos adonde quiera sin impedimento alguno. Con este calzado caminó bellamente María que sin obra de varón engendró, permaneciendo virgen, al autor de la humana salud (…). Bellos, pues son los pasos de María o de la Iglesia, porque bellos son los pies de los que evangelizan» (De virginitate 87-88).