COMENTARIO

 Ct 7,12-8,4 

En consonancia con lo dicho antes, la amada se siente querida y toma otra vez la iniciativa. De nuevo estamos en primavera, el tiempo de la celebración del amor (7,12-14; cfr 2,10-14). Hay un juego de palabras entre «mandrágoras», dudaim, y «mi amado», dodí. Por lo demás, se creía que las mandrágoras favorecían al amor (cfr Gn 30,14-24). La amada le cuenta al amado los pormenores de cuanto ha preparado como expresión de su amor por él (7,13-8,2). Esta evocación tiene su metáfora más atrevida en 8,1. No hay que ver en esta imagen ningún rasgo incestuoso. Con ella, la amada expresa su deseo de que el amor entre ambos se manifieste abiertamente, con naturalidad, de modo espontáneo y en libertad, sin trabas ni posibles confusiones (cfr Pr 7,10-23). En la tradición bíblica la naturalidad del amor a Dios evoca el gesto amoroso de la Encarnación en el que Cristo, al hacerse nuestro hermano, se hace también objeto de amor: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). En la tradición ascética no ha dejado de ilustrarse la paradoja de que Dios es, a la vez, el Amor y el objeto del amor: «En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si Él ama, es para que nosotros le amemos a Él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí. El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?» (S. Bernardo, In Cantica Canticorum 83,4-6).

El quinto poema concluye con el mismo estribillo que el primero y el segundo (8,4; cfr 2,7; 3,5), pero la protección del amor no es ahora un sueño o una promesa, sino una realidad consumada, como lo confirmará enseguida el epílogo.

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