COMENTARIO
Desde el punto de vista del desarrollo del Cantar, estos versos son el epílogo y describen la consumación del amor: el final del Cantar es la exaltación y la apoteosis del amor. En sí mismos, sobre todo el v. 6, describen el lenguaje supremo del amor.
Las palabras de la primera parte del v. 5 remiten a 3,6 y 6,10. De esa manera, recoge la idea de que la amada es la novia purificada; obviamente, connota también a Israel que sube del desierto para la celebración del amor (cfr Os 2,16-18). La segunda parte del versículo es más difícil de interpretar, ya que conceptualmente las palabras parecen convenirle al amado (cfr 2,3; 3,4; 8,2), pero los pronombres masculinos en hebreo sugieren que es la amada quien habla. Tal vez de ese modo se señala que, en el amor, las palabras y los deseos de los amantes se funden. En todo caso, el versículo expresa la imagen del amor consumado entre los esposos y entre Dios e Israel.
Estas ideas preparan ya el v. 6, que ha sido llamado la teofanía del amor. La pertenencia al otro que se enseña aquí es más profunda que el mero sostener al otro que se recogía en los versículos anteriores. El amor marca de manera indeleble a la otra persona: en el interior, el corazón, y en el exterior, el brazo; es tan fuerte que puede vencer a la muerte, porque tiene un origen divino. El v. 7 es un corolario. Si el origen del amor está en Dios, ninguna fuerza de la naturaleza creada podrá vencerlo: es un fuego que resiste al agua. Mucho menos podrá ser objeto de compra: degradará a quien lo intente. Se entiende de esta manera que en la tradición cristiana la vocación al amor se presente como una suprema aspiración: «Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que Tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”» (S. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 227-229).