COMENTARIO
El hagiógrafo se dirige en primer lugar a «los que gobiernan» la tierra, literalmente «juzgan» (cfr Sal 2,10). «Juzgar» es en la Biblia una de las prerrogativas principales del rey, y muchas veces sinónimo de gobernar. Por «justicia» se entiende, sobre todo, la fidelidad a la voluntad divina, la correspondencia a lo que Dios otorga y pide en la Alianza con el pueblo elegido, el cumplimiento fiel de los deberes; en suma, la rectitud moral. Se dibuja así el perfil espiritual del sabio, definido por diversos requisitos: el primero es considerar las cosas de Dios con bondad, no tener «un alma maliciosa» (v. 4), estar convencidos de que Dios es el Bien Supremo y que todo lo que Él hace o permite es para bien. Por contraste (cfr v. 5), el defecto fundamental es tener un corazón retorcido, perderse en razonamientos falaces, vivir en la mentira y mostrar desconfianza en Dios. Queda así planteada la oposición presente en todo el libro: la que hay entre los sabios, prudentes y justos, que creen en Dios y confían en Él, y los impíos e incrédulos, que sólo atienden a lo que se puede ver y tocar inmediatamente.
«Espíritu santo» (v. 5) está tomado en su acepción veterotestamentaria: el Espíritu de Dios. Este Espíritu es educador, maestro de las almas; por eso «será recriminado al sobrevenir la iniquidad»: los malvados le injuriarán por haber enseñado la conducta recta a los justos (cfr 2,12-20).