COMENTARIO

 Sb 1,6-11 

La Sabiduría es una propiedad divina (cfr Jb 28,23-24) que se comunica a los hombres (cfr Pr 8,22-31). Aquí se entiende a todos los hombres, aunque subyace la convicción de que se da a conocer de modo especial al pueblo de Israel (cfr Si 24,3-47; Ba 3,9-38). En los vv. 6-7, la Sabiduría se identifica con el Espíritu de Dios, en cuanto manifestación del poder divino creador y dador de vida. Del Espíritu se dice que contiene todas las cosas y está presente en el entero universo, y conoce aun lo más escondido, los pensamientos ocultos de los hombres (cfr 1 Co 2,10-11); en estos aspectos coincide con la Sabiduría. El tema será desarrollado en 7,22-28. Esta comprensión de la Sabiduría va adquiriendo rasgos personales, prepara la revelación plena del Nuevo Testamento, cuando el Verbo divino se manifestará como Hijo, es decir, Palabra y conocimiento (cfr Jn 1,1; Col 1,15; Hb 1,1-3).

La Sabiduría es definida como «un espíritu que ama a los hombres» (v. 6). Es una expresión novedosa en el Antiguo Testamento, pero coherente con la mirada complacida con que Dios miró la creación (cfr Gn 1,31) y con las palabras proféticas con las que Dios afirma tener un amor maternal por el pueblo de Israel (cfr Is 49,15). Sólo que ahora la visión es más amplia: no se trata del pueblo elegido, sino de todos los hombres, lo que es un anuncio del plan salvador de Dios (cfr Rm 5,8-11; 1 Tm 2,4). Estas palabras permiten vislumbrar ya cómo el amor de Dios por los hombres se manifestará plenamente con la Encarnación del Hijo de Dios (cfr Tt 3,4).

Los que serán castigados son presentados como murmuradores, calumniadores, embusteros. Son los impíos que se engañan porque tienen una idea errada de Dios y de su Providencia: piensan que no se ocupa de los hombres y que admite el mal; por eso no le obedecen ni le respetan. En el fondo, todo pecado contra Dios se apoya en la mentira, así como la fe recta se apoya en la verdad. Ya Sal 58,4 había afirmado que todos los que se separan de Dios son mentirosos y engañadores; en el Nuevo Testamento Jesucristo, mientras declara que Él es la Verdad, acusa de mentira a los que no creen en Él (cfr Jn 8,42-44) y llama al diablo mentiroso (cfr 1 Jn 2,21-23).

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