COMENTARIO

 Sb 3,1-9 

Brilla, evocada con tonos poéticos, la noción de retribución personal al final de la vida, aunque aún no se manifieste con exactitud en qué consiste el premio de los justos. El autor emplea expresiones según la mentalidad de su tiempo que, sin embargo, dejan intuir la condición de los bienaventurados: «Las almas de los justos están en manos de Dios y no les tocará tormento» (v. 1); los justos difuntos «están en la paz» (v. 3), es decir, en lo que es propio de Dios; tendrán la certeza de la inmortalidad, athanasía (v. 4). Estarán en el Reino de Dios para siempre y participarán del poder divino para «juzgar a las naciones y dominar pueblos» (v. 8; cfr Mt 19,28), lo que señala su poder de intercesión. Quizá todo se resume en la frase más alentadora: «los que son fieles en el amor permanecerán junto a Él» (v. 9). Aún falta la revelación expresa del Nuevo Testamento, donde se describirá la condición de los bienaventurados que ven a Dios «tal como es» (cfr 1 Jn 3,2), no como en un espejo o por enigma, sino «cara a cara», le conocen como son conocidos por Él (cfr 1 Co 13,12) y estarán con Cristo para siempre en el Cielo (cfr 1 Ts 4,17).

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