COMENTARIO
Según la mentalidad común entre los hebreos, larga vida y fecundidad eran señales del favor divino. Sabiduría matiza: una vida virtuosa es mejor que una numerosa descendencia, y la muerte prematura puede ser una muestra de amor por parte de Dios (cfr 4,7-16).
Se exalta la «virtud» (areté), la disposición virtuosa para obrar moralmente. La areté era un alto ideal de los griegos, ensalzado por poetas y filósofos. Consistía en la conjunción sin estridencias de las virtudes morales (prudencia, justicia, templanza y fortaleza) con otras virtudes humanas: valentía, reciedumbre, audacia, fidelidad a la palabra dada, agudeza de ingenio y ciencia. El autor inspirado pone este ideal como equivalente al comportamiento del justo. En este sentido cualquiera que pretenda desarrollar una personalidad madura y armónica debe cultivar todas las virtudes a su alcance. Esta unidad de las virtudes ha inspirado páginas preciosas de la ascética cristiana: «En cuanto a las diversas partes de la virtud —escribe San Gregorio de Nisa— no puede decirse a cuál se debe considerar más importante, y a cuál se deba dedicar uno con preferencia a las otras; cuál deba ser la segunda, y cuál es el orden de las demás, una detrás de otra. Pues son de igual dignidad, y unas por medio de otras conducen hasta la cumbre a quienes las cultivan. Pues la sencillez abre camino a la obediencia; la obediencia a la fe; ésta a la esperanza, y la esperanza a la justicia: la justicia al servicio, y el servicio a la humildad. La mansedumbre, tomada de la humildad, lleva hasta la alegría; la alegría a la caridad; ésta a la oración. Así las virtudes, adheridas unas a otras, se adhieren a quien las posee y lo llevan hasta el vértice mismo de lo deseado» (De instituto christiana 81).
La inmortalidad, premio de la virtud, no es sólo una permanencia en el recuerdo de las generaciones: quien tiene «memoria» de la virtud es, en primer lugar, Dios y luego los hombres (v. 1). La virtud tendrá su premio en la eternidad, donde recibirá la corona merecida (v. 2).
Al premio del virtuoso se opone, por contraste, la suerte de los impíos, que dan frutos precarios e inútiles (vv. 3-6). Este fracaso temporal es también señal de ruina espiritual y eterna, a la que se alude al hablar de ser arrancado de raíz y de sufrir el juicio condenatorio.