COMENTARIO
Llega el momento en el que se enfrentarán finalmente justos e impíos. Éstos reconocerán su error y el sinsentido de su vida (5,1-14), aquéllos recibirán el premio (5,15-16). Dios con su poder aplicará el castigo a quienes lo merezcan (5,17-23). La meditación de estos consejos ha impregnado después la vida y la predicación cristiana: «Seamos también nosotros de los que alaban y sirven a Dios, y no de los impíos, que serán condenados en el juicio. Yo mismo, a pesar de que soy un gran pecador y de que no he logrado todavía superar la tentación ni las insidias del diablo, me esfuerzo en practicar el bien y, por temor al juicio futuro, trato al menos de irme acercando a la perfección. (…) Practiquemos, pues, el bien, para que al fin nos salvemos. Dichosos los que obedecen estos preceptos; aunque por un poco de tiempo hayan de sufrir en este mundo, cosecharán el fruto de la resurrección incorruptible. Por esto, no ha de entristecerse el justo si en el tiempo presente sufre contrariedades: le aguarda un tiempo feliz; volverá a la vida junto con sus antecesores y gozará de una felicidad sin fin y sin mezcla de tristeza» (De homilia ab auctore saeculo secundo 18-19).
A continuación, una exhortación a los que gobiernan. Su poder viene del Señor, y por tanto darán cuenta ante Él de cómo lo ejercieron (6,1-11). Ellos, más que nadie, deben buscar la sabiduría, porque quien la busca la encuentra (6,12-21).