COMENTARIO
Expresa la queja, amarga y sin esperanza, de los impíos al ver la suerte gloriosa de los justos, que son recibidos entre los «hijos de Dios» (cfr 2,10-20). Es la antítesis de las burlas que los impíos hacían del justo y las invitaciones a gozar de esta vida. Hay cierta analogía con Is 59,6-14, aunque con perspectiva distinta: en Isaías la desazón de los impíos no está situada expresamente en el contexto del juicio como aquí.
La doctrina cristiana, según la Revelación del Nuevo Testamento, habla de la retribución inmediata después de la muerte (cfr Lc 16,22; 23,43; 2 Co 5,8; Flp 1,23; Hb 9,27; 12,23). Esto supone dos juicios: uno inmediatamente después de la muerte, el «juicio particular»; otro, al fin de los tiempos, el «juicio universal» (cfr Mt 25,31-46; Jn 5,28-29; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1021-1022; 1038-1041). El texto de Sabiduría no distingue ambos juicios. Sin embargo, pone «al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios» (cfr ibidem, n. 1039) e implica que cada alma recibe su glorificación o condenación definitiva.
Los justos son contados «entre los hijos de Dios» y están «entre los santos» (v. 5). En Jb 1,6; 2,1 el nombre de «hijos de Dios» se aplica a los ángeles: refleja el convencimiento de que en el cielo sólo estaban los ángeles, mientras los justos estaban todavía en el «sheol». «Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica, como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham” (cfr Lc 16,22-26). “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos” (Catec. Romano. 1,6,3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados, ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633).