COMENTARIO
La Sabiduría tiene una misteriosa identidad con el Espíritu de Dios, que da vida y luz a todos los seres, y los transciende a todos. En los vv. 22-24 hay tantos términos del lenguaje de la filosofía griega (especialmente de Platón y de los estoicos), que deben ser considerados como préstamos pretendidos por el hagiógrafo. Sin embargo, éste, a pesar de la asunción de la terminología, mantiene una independencia clara, que no compromete en manera alguna su firme monoteísmo. Al atribuir a la Sabiduría divina propiedades que la filosofía griega confería al «alma del cosmos», al nous y al logos, es claro que el hagiógrafo no pretende situarse en la misma línea de pensamiento, sino enfatizar con esos términos la excelencia de la Sabiduría divina. Los hagiógrafos del Nuevo Testamento, especialmente San Juan y San Pablo, presentan coincidencias temáticas con estos versículos para expresar los misterios del Espíritu Santo y de Jesucristo (cfr, por ej., Jn 1,5.9; 15,26; Col 1,5-6; Hb 1,3; etc.). Con tales textos sagrados se inicia el desarrollo de la teología cristiana posterior acerca del Verbo Encarnado y del Espíritu Santo. Los escritos de los Santos Padres son testigos de ello. Así, por ejemplo, el v. 26 se emplea en una obra atribuida a San Agustín para explicar la unidad entre el Padre y el Hijo: «Reflejo, porque la claridad de la luz del Padre está en el Hijo; espejo sin mancha, porque el Padre se ve en el Hijo» (Solutiones diversarum quaestionum 18).