COMENTARIO
La primera lamentación es un poema en dos partes: en la primera (vv. 1-11) el autor, con imágenes muy emotivas, presenta la desolación de Jerusalén; en la segunda, es la propia Jerusalén quien toma la palabra, primero para expresar su desconsuelo (vv. 12-19), y luego para dirigir una oración confiada a su Señor (vv. 20-22).
En el comienzo, el narrador pone ante nuestros ojos la situación actual de Jerusalén (vv. 1-11). La ciudad es como una viuda desconsolada (vv. 1-2.8) que llora por las noches, al contrastar la belleza (v. 6) y la prosperidad (v. 7) de antaño con la situación presente de hambre (v. 11) y desolación: con sus hijos cautivos (vv. 3.6) y despojada de sus tesoros (vv. 7.10). Las imágenes se agolpan, aparentemente sin orden, pero el curso de los acontecimientos es relativamente claro: Jerusalén ha sido abandonada por todos los que se decían sus amigos (v. 2), y el pueblo que la habitaba y la llenaba de gozo con su presencia ha sido deportado lejos de sus muros (v. 3). Al reflexionar, se da cuenta de la razón de su estado: «El Señor la afligió por sus muchos pecados» (v. 5). Su desgracia no es consecuencia del mayor poderío militar del ejército de Babilonia, ni la destrucción de la ciudad se puede achacar a que Dios no tuviese noticia de los peligros que acechaban a su pueblo, y se viese sorprendido por la derrota y la profanación de su Santuario (v. 10). Al contrario, el Señor lo sabía y no ha impedido esa sucesión de desgracias porque Jerusalén había pecado tanto (v. 8) que necesitaba algo que la moviese a recapacitar sobre la situación y la volviera de nuevo hacia su Señor. Eso es lo que ahora advierte Jerusalén y por eso, entremezcladas con los lamentos, se recogen dos plegarias en las que se le hacen presentes al Señor las miserias y los dolores (vv. 9.11). Teodoreto de Ciro comenta: «La lamentación es señal de comprensión y cariño. Pienso que el divino profeta escribió las lamentaciones para ayudar a los hombres de su tiempo y a los que vendrían después: para que éstos y aquellos aprendan por las Escrituras cómo el pecado se convierte en anfitrión de otros males» (Interpretatio in Threnos 1).
En la segunda parte de esta primera lamentación (vv. 12-22), Jerusalén misma, como una viuda desconsolada que ha perdido a sus hijos y sólo puede llorar (vv. 15-16), toma la palabra para pedir compasión ante sus sufrimientos. Su amargura es incontenible y parece necesitar de alguien con quien compartir sus penas para encontrar consuelo (v. 12). Desde el abismo del gran dolor reconoce, no obstante, la justicia del Señor (v. 18), y por eso concluye el lamento con una oración, en la que, desde su conversión, le pide al Señor que haga justicia (vv. 20-22).
Estas palabras, cargadas de una emoción transida por el dolor, que la liturgia de la Iglesia ha meditado durante siglos en la Semana Santa, han servido alegóricamente para revivir los sufrimientos de la Pasión del Señor, asumidos por amor para redimir al mundo de sus pecados. También Jerusalén pudo ver allí el mayor lamento y el mayor dolor. No es extraño que el texto, en especial el v. 12, frecuentemente se colocara sobre los crucifijos y sirviera para evocarlo en el ejercicio del Via Crucis: «Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde Él pasa. Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo. ¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lm 1,12). Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús. Se ha cumplido la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma (Lc 2,35). En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina» (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis, 4ª estación).