COMENTARIO

 Lm 2,1-22 

La segunda lamentación comienza y termina aludiendo explícitamente al motivo principal de las desgracias que aquejan a Sión: la ira del Señor (vv. 1 y 22), es decir, la justa indignación que le producen los pecados del pueblo. Sin embargo, en su desarrollo, el poema es una meditación en la que se reflexiona con vistas a la conversión. Santo Tomás explica que se divide en dos partes: «En la primera se llora la desgracia de la destrucción (vv. 1-7) y en la segunda pasa a implorar la divina misericordia» (Postilla super Threnos 2).

Comienza el canto describiendo la caída de Jerusalén (vv. 1-9). Con imágenes audaces, el autor sagrado expresa la derrota de los judíos y la destrucción del Templo no como acción de los caldeos, sino como obra del mismo Señor que «se convirtió en enemigo» (v. 5), repudió el Templo y su culto (vv. 6-7), y aniquiló las defensas de la ciudad (vv. 8-9). A continuación (vv. 9-12), despliega ante el lector el panorama de Jerusalén en esos momentos: no hay Ley, ni príncipes, ni profetas (v. 9), no hay alimentos (vv. 11-12), sólo silencio y llanto (vv. 10-11). Ante esa situación, el poeta inspirado le dirige diversos reproches a Jerusalén (vv. 13-19): por la desidia de los profetas (v. 14), Jerusalén no se convirtió y ha acabado por ser motivo de burla para todos. Pero no debe quedarse ahí, debe convertirse a su Señor, con una oración agónica (vv. 18-19); una oración como la que le dirige el hagiógrafo (vv. 20-22) en la que le hace presente al Señor que Israel es todavía su pueblo elegido.

La desgracia de Jerusalén es, pues, un castigo de Dios. Pero el reproche más grave es el que se dirige a los profetas. La palabra de los falsos profetas halagaba los oídos del pueblo en vez de invitarlos a la conversión (v. 14): como glosa Olimpiodoro, «no te dijeron la verdad para que, al conocer las injusticias que cometías, pudieras arrepentirte (…), sino que te anunciaron profecías mentirosas y argumentos vanos para arrojarte lejos de Dios» (Fragmenta in Lamentationes 2,14). En cambio la verdadera palabra de Dios se ha cumplido: «El Señor ha realizado su designio, ha cumplido su palabra, que decretó desde los días de antaño» (v. 17). No sorprende que este versículo se evocara a la hora de espolear la responsabilidad de los pastores en la Iglesia: «El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil —dice San Gregorio Magno—, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar. Porque, así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados. Ocurre con frecuencia que los pastores imprudentes, temiendo perder el aplauso de los hombres, tienen mucho miedo de decir con libertad lo que es recto. (…) Que el pastor tema decir lo que es recto, ¿qué es sino dar la espalda callándose? Por el contrario, opone un muro para la casa de Israel en contra de los enemigos quien sale al paso en defensa de la grey. De ahí que al pecar el pueblo, se diga en otro lugar: tus profetas te ofrecieron visiones vanas y estúpidas, y no te desvelaron tu iniquidad para hacerte cambiar (Lm 2,14)» (Regula pastoralis 2,4).

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