COMENTARIO

 Lm 3,1-66 

En la tercera lamentación, centro del libro, el patetismo alcanza su culmen cuando se expresan en primera persona los dolores experimentados. Aunque los cantos anteriores estaban lejos de transmitir una información fría de lo que había sucedido al pueblo en general, y a la ciudad santa en particular, ahora, quien ha padecido esos dolores en su propia carne y ha visto cómo pesa en su vida tal destrucción comparte con el lector lo que siente. Sus palabras, expresión de un corazón quebrantado, se unen a la voz de todos los hombres que han padecido y siguen sufriendo en el mundo debido a la guerra, la injusticia o la enfermedad, y claman con una profunda fe en Dios, con un grito entretejido de queja y esperanza.

Los primeros versículos (vv. 1-20) son un monólogo en el que el autor, mediante atrevidas metáforas, enumera las desgracias que ha sufrido. El lamento alcanza su culmen en el v. 18, cuando, privado de todo, confiesa haber perdido la esperanza en el Señor. Pero, de repente, el soliloquio cambia de tonalidad cuando el narrador no mira hacia sí mismo sino hacia el Señor, y se da cuenta de que «la ternura del Señor no se acaba, ni se agota su misericordia» (v. 22). Teodoreto comenta que es como si dijera: «He renunciado a las esperanzas mejores, pero, aunque se me derrite el alma en el continuo recuerdo de las desgracias, acudiré a la misericordia del Señor» (Interpretatio in Threnos 3,18). A partir de esta consideración, se enumeran con minuciosidad las cualidades del Señor: su fidelidad y su bondad (vv. 23-25), su piedad (v. 32), su omnisciencia y omnipotencia (vv. 34-39), etc. Desde estas reflexiones, el autor se dirige a sus conciudadanos (vv. 40-47) invitándoles a ver que las desgracias ocurridas son consecuencia de sus pecados. Lo que debe hacer cada uno es llorar por sus faltas (vv. 48-51) y recordar que el Señor no ha fallado en los momentos decisivos (vv. 52-57). La lamentación, como las anteriores, concluye con una oración al Señor, en la que, de acuerdo con lo que ha dicho, se le pide que tome venganza de los agresores.

En una interpretación espiritual, como ya se ha indicado en otras notas, se contemplan los padecimientos descritos en los primeros versículos como testimonio de la purificación que necesita el alma para unirse a Dios, un camino ciertamente nada fácil ni cómodo, sino de abnegación y entrega, pues como señala Orígenes comentando el v. 6: «Las tinieblas del alma son las tentaciones» (Selecta in Threnos 3,6). San Juan de la Cruz por su parte escribe: «No se puede encarecer lo que el alma padece en este tiempo, es a saber, muy poco menos que en el purgatorio. Y no sabría yo ahora dar a entender esta esquivez cuánta sea ni hasta dónde llega lo que en ella se pasa y siente, sino con lo que a este propósito dice Jeremías: Yo soy un hombre que ha visto la aflicción… Todo esto dice Jeremías, y va allí diciendo mucho más. Que, por cuanto en esta manera está Dios medicinando y curando al alma en sus muchas enfermedades para darle salud, por fuerza ha de penar según su dolencia en la tal purga y cura» (Llama de amor viva B, Canción 1ª, 21). Y Gregorio Nacianceno veía en las palabras del v. 34 una alusión a las dificultades que presenta el cristiano para acceder a Dios. Tras referirse a lo corpóreo como tinieblas, señala: «Nosotros, que somos cautivos de la tierra, como dijo el divino Jeremías, y estamos envueltos en esta espesa carne, sabemos que como es imposible rebasar la propia sombra —y lo es incluso para el que va a toda prisa—, pues ésta avanza en la medida en que se le da alcance, o como la vista no puede entrar en contacto con las cosas visibles sin la mediación de la luz y del aire o los seres que nadan no pueden deslizarse fuera de las aguas, así también les es imposible a los que viven en los cuerpos trasladarse a las realidades inteligibles prescindiendo por completo de las cosas corpóreas» (De theologia [Oratio 28] 12).

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