COMENTARIO
Estas palabras también han dado pie a una interpretación alegórica sobre la purificación del alma que busca a Dios. San Juan de la Cruz veía en ellas el abandono y la soledad que en ocasiones pueden experimentarse, a pesar del decidido empeño por tratar a Dios en la oración. «Hay aquí otra cosa que al alma aqueja y desconsuela mucho, y es que, como esta oscura noche la tiene impedidas las potencias y afecciones, ni puede levantar afecto ni mente a Dios, ni le puede rogar, pareciéndole lo que a Jeremías (Lm 3,44), que ha puesto Dios una nube delante porque no pase la oración. Porque esto quiere decir lo que en la autoridad alegada (Lm 3,9) dice, es a saber: Atrancó y cerró mis vías con piedras cuadradas. Y si algunas veces ruega, es tan sin fuerza y sin jugo, que le parece que ni lo oye Dios ni hace caso de ello, como también este profeta da a entender en la misma autoridad (Lm 3,8), diciendo: Cuando clamare y rogare, ha excluido mi oración. A la verdad no es éste tiempo de hablar con Dios, sino de poner, como dice Jeremías (Lm 3,29), su boca en el polvo, si por ventura le viniese alguna actual esperanza, sufriendo con paciencia su purgación. Dios es el que anda aquí haciendo pasivamente la obra en el alma; por eso ella no puede nada. De donde ni rezar ni asistir con advertencia a las cosas divinas puede, ni menos en las demás cosas y tratos temporales. Tiene no sólo esto, sino también muchas veces tales enajenamientos y tan profundos olvidos en la memoria, que se le pasan muchos ratos sin saber lo que se hizo ni qué pensó, ni qué es lo que hace ni qué va a hacer, ni puede advertir, aunque quiera, a nada de aquello en que está» (Noche oscura 2,8,1).