COMENTARIO

 Lm 4,1-22 

La cuarta lamentación tiene un tono análogo a la segunda. La pintura de las desgracias que afligen al país lleva a preguntarse por los culpables. Los primeros versículos describen la situación de Jerusalén (vv. 1-12). Lo que llama la atención del narrador es la hambruna que se pasó (cfr 1,11; 2,12.19): los niños no tienen qué comer (v. 4), hombres acostumbrados a la riqueza se descubren escarbando entre basuras y, aun así, están en los huesos y desfallecidos (vv. 5-8); hasta es posible que un cadáver haya servido de alimento (v. 10; cfr 2,20). La conclusión del autor es desoladora: ni los chacales hacen eso, ni el pecado de Sodoma fue tan grande como el de Jerusalén, como para merecer tal castigo. Después, desde Jerusalén, el narrador se traslada a los caminos por donde transitan los desterrados (vv. 14-21). Éstos, ciegos (v. 14), sin un Ungido, un rey, que les dirija (v. 20), son el escarnio de todo el mundo: impotentes (vv. 18-19), sin nadie que acuda en su socorro (v. 17), y despreciados por aquellos con quienes se cruzan (v. 15).

¿Cómo ha podido llegarse a esos extremos? La respuesta del narrador es clara: «Por los pecados de sus profetas, por las culpas de sus sacerdotes, derramaron en medio de ella la sangre de los justos» (v. 13). Quienes deberían haber orientado al pueblo no lo hicieron, y en vez de acudir al Señor buscaron su refugio en las alianzas políticas, esperando vanamente que otros pueblos acudiesen en su socorro (cfr v. 17). Sin embargo, en medio de tanto dolor, el narrador ofrece un consuelo, que es un hálito de esperanza: «Tu condena está cumplida, hija de Sión: no te volverá a mandar al exilio» (v. 22).

La cuarta lamentación es, pues, una llamada apremiante a acudir a Dios que es el único, en su designio inescrutable, que puede remediar la situación catastrófica a que ha llevado el exilio, como justo castigo de los pecados del pueblo y de sus gobernantes.

El v. 20 ha sido frecuentemente entendido como referido a la encarnación y a la pasión de Cristo. Orígenes, interpretando que la «sombra» es la encarnación, comenta: «¿Estás viendo, pues, cómo el profeta, movido por el Espíritu Santo, dice que la sombra de Cristo presta vida a los gentiles? ¿Y cómo su sombra no va a darnos vida a nosotros, cuando en la concepción de su cuerpo se dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra?» (In Canticum Canticorum 3,2,3). Y San Ireneo, viendo en el texto de Lamentaciones un anuncio de la pasión, escribe: «La Escritura dice que Cristo, aun siendo Espíritu de Dios, debía hacerse hombre sometido al sufrimiento, y revela en cierto modo sorpresa y sobresalto ante la Pasión que debía sufrir Aquel a cuya sombra hemos dicho que íbamos a vivir. Sombra significa su cuerpo, pues así como la sombra viene producida por un cuerpo, así el cuerpo de Cristo fue producido por su Espíritu. Mas la voz sombra significa asimismo la humillación de su cuerpo y la facilidad de ser humillado. En efecto, como la sombra de los cuerpos erguidos se proyecta al suelo y es hollada bajo los pies, así el cuerpo de Cristo, echado a tierra en la Pasión, fue, por así decirlo, hollado bajo los pies» (Demonstratio praedicationis apostolicae 71).

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