COMENTARIO

 Lm 5,1-22 

La quinta y última lamentación lleva en la Vulgata el título «Oración del Profeta Jeremías». Se trata, en efecto, de una súplica, llena de fe, dirigida al Señor para que intervenga en favor de su pueblo que sufre. Las tres primeras lamentaciones concluían con una oración al Señor, pero esta oración faltaba en el cuarto poema. Ahora, la súplica postrera sirve como oración final de la cuarta lamentación y como conclusión de todo el libro. Santo Tomás dirá que «después de múltiples lamentos [el profeta] acude ahora al remedio de la oración» (Postilla super Threnos 5,1). En ella, tras hacer presente el dolor y la indigencia en que se encuentra (vv. 1-6), se reconocen el pecado y las infidelidades cometidas en el pasado, así como la falta de méritos para implorar misericordia desde su extrema postración (vv. 7-18). Los vv. 11-14 mencionan los principales sufrimientos de las gentes de Jerusalén y de Judá, llegando al caos, pues los ancianos ya no se juntan ante la puerta de la ciudad para deliberar sobre los asuntos (v. 14). Pese a todo, se confía en la fidelidad y en el poder de Dios para hacer retornar a la vida y a los mejores momentos a quienes no tienen fuerzas para hacerlo por sí mismos (vv. 19-22).

El núcleo de la petición se encierra en pocas palabras, de extraordinaria densidad teológica: «Conviértenos a Ti, Señor, y nos convertiremos» (v. 21). El Concilio de Trento, alude a ese texto al hablar de la necesidad de la gracia de Dios, con la que es necesario cooperar, para recibir la justificación: «El principio de la justificación misma en los adultos ha de tomarse de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús, esto es, de la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia» (Concilio de Trento, Decr. De Iustificatione, Sesión 6ª, cap. 5. Dz-Sch 1525). El Catecismo de la Iglesia Católica explica con sencillez esta doctrina: «El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cfr Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cfr Jn 19,37; Za 12,10). “Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento” (S. Clem. Rom. Cor 7,4)» (n. 1432).

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