COMENTARIO

 Ba 1,1-14 

Con este comienzo se nos ofrece una introducción a todo el escrito. Primero, una presentación de Baruc como autor del libro (vv. 1-2), y a continuación (vv. 3-4) como lector de él ante toda la asamblea de los desterrados en Babilonia, a saber, el rey Jeconías (también llamado Yoyaquín), rey de Judá (depuesto a los tres meses de reinado y deportado por Nabucodonosor el año 597 a.C.: cfr 2 R 24,8-17), la familia real, los nobles y el pueblo en general. La asamblea reconoce sus faltas y se arrepiente (vv. 5-7; cfr 2 R 23,1-3; Ne 9,1-3).

Los deportados hacen una colecta para enviarla a Jerusalén (vv. 6-13) —al sacerdote Joaquín y a los que habían quedado allí (cfr Esd 8,21-36)— para que ofrezcan sacrificios expiatorios por los pecados y oblaciones, con el fin de que se aparte la ira del Señor contra ellos, los que estaban en el destierro. Entre las recomendaciones se incluye la plegaria a favor de la dinastía babilónica reinante. La brevedad del relato (vv. 10-13) y algunas imprecisiones históricas hacen pensar que se trata no tanto de una crónica de finalidad meramente histórica, cuanto de inculcar una actitud modélica: reconocimiento humilde de los pecados pasados y presentes, conversión al Señor y apertura de espíritu y de reconciliación frente a los opresores paganos. Es una mentalidad coherente con la de Jr 29,4-14, Esd 6,9-10; etc., y que, siglos después, culminará con la enseñanza y propia conducta de Jesucristo acerca del amor a los enemigos (cfr Lc 6,27-38; 23,34). Es la actitud que seguirán tantos mártires cristianos, empezando por el primero de todos, San Esteban (cfr Hch 7,59-60), y que será enseñada por San Pablo (Rm 13,1-7; 1 Tm 2,1-3).

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