COMENTARIO
La Sabiduría es superior a todos los mortales. Si se ha olvidado en Israel, menos aún se encuentra en las naciones de alrededor, aunque tengan fama de haberla tenido. Se citan cuatro pueblos renombrados por su sabiduría: cananeos, idumeos o edomitas, nabateos y mercaderes de Merrán (lugar desconocido: una variante lee Madián) y Temán. Los cananeos eran los antiguos pobladores de la tierra prometida, de los cuales aprendieron los hebreos la agricultura y las artes. Los habitantes de Temán, ciudad de Edom a orillas del mar Rojo, son citados por Jr 49,7 como ejemplo de sabiduría; de ellos procedía Elifaz, el temanita, uno de los tres sabios amigos de Job (Jb 2,11). De los hijos de Agar, los ismaelitas, procedían los nabateos, población seminómada del desierto, mercaderes también. Estos pueblos tenían una compleja mitología para explicar la generación de los dioses, y el origen de la tierra y de los hombres.
Pero la Sabiduría no sólo no se encuentra entres otros pueblos. Ni siquiera la tuvieron los «gigantes», mencionados en Gn 6,2-4 y Nm 13,32-33. Eran los antiguos habitantes de la tierra prometida, a los que se describe como gigantes (nefilim), fuertes en el combate. Se trata de una tradición oral muy antigua, en la que estaban mezclados elementos mitológicos de los pueblos circundantes. Por ejemplo, en la mitología griega existía también el mito de los Titanes, que intentaron asaltar el monte Olimpo, morada de los dioses, y destronar a Zeus; pero fueron fulminados por los rayos de éste; de la sangre y ceniza de los titanes, mezcladas con la tierra, nacieron los hombres. No hay que pensar en dependencias literarias de Baruc. El texto profético supone sólo un reflejo de la conciencia común a muchas religiones del origen divino del hombre, y se hace eco de la antigua tradición, depurándola de adherencias politeístas. Otros pasajes del Antiguo Testamento refieren la existencia en la tierra de Canaán de hombres de dimensiones extraordinarias (cfr Dt 3,11, donde se menciona a Og, rey de Basán, último de los refaim, cuyo lecho medía nueve codos de largo y cuatro de ancho; y 1 S 17,4-7, donde el gigante Goliat medía seis codos y un palmo de altura).