COMENTARIO
Dos afirmaciones merecen ser destacadas: 1) En común con otros libros sapienciales, la Sabiduría aparece como don de Dios a los patriarcas y al pueblo de Israel (v. 37; cfr Si 24,8-12); 2) Pero no sólo perteneció a Israel, sino que vivió en medio de los hombres (v. 38); es una apertura más al universalismo del Antiguo Testamento.
San Gregorio de Nisa veía en las palabras del v. 37 una fundamentación de cómo Dios en su providencia y disposición del mundo cuida de los hombres: «Él descubrió todo arte y ciencia y se la dio a Jacob… Así han sido descubiertas artes que usan el fuego, artes que no lo usan y artes que usan el agua; y mil inventos y mil métodos, para que nada falte a satisfacer las necesidades de la vida» (De beneficentia 1).
Como ocurre con otros pasajes similares donde también se habla de la Sabiduría personificada (cfr Pr 8,1-36; Sb 6,12-21; 9,10; Si 15,2-6; etc.), algunos Padres de la Iglesia e intérpretes vieron en el v. 38 (cfr Sb 9,10; Pr 8,31) un vislumbre de la Encarnación del Verbo de Dios (cfr Jn 1,14). Ya se ha dicho que San Ireneo vio en ese pasaje un anuncio de la Encarnación del Verbo, y consignó su interpretación en la Demostración de la predicación apostólica (cfr nota a 3,9-4,4). Vuelve a la misma exégesis en la más célebre y profunda de sus obras, Contra las herejías: «Éste es su Verbo, nuestro Señor Jesucristo, que en los últimos tiempos se ha hecho hombre entre los hombres, para unir el principio con el final, esto es, al hombre con Dios. Por eso los profetas, recibido de Él el don profético, anunciaron su venida en la carne, venida que ha estrechado en comunión y unidad a Dios con el hombre, según el beneplácito del Padre. Desde antaño, el Verbo de Dios había preanunciado que Dios se dejaría ver por los hombres en la tierra (Ba 3,38), conversaría con ellos, se entretendría en coloquios con la obra modelada por Él para salvarla y acogerla en Sí» (Adversus haereses 4,20,5).
También el v. 38 se percibe con claridad en el siguiente pasaje de San Juan Damasceno, en el que explicando que Dios opera en todas partes, reproduce libremente las palabras de Baruc: «La tierra, en cambio, es el escabel de sus pies (Is 66,1), donde, por medio de la carne, ha demorado con los hombres» (Expositio fidei 1,13).
Haciéndose eco de los Padres, el Concilio Vaticano II alude al texto de Baruc: «En esta revelación, Dios invisible (cfr Col 1,15; 1 Tm 1,17), movido de amor, habla a los hombres como a amigos (cfr Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr Ba 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, n. 2). En el v. 38, para el sintagma que hemos traducido por «ha convivido entre los hombres», el texto griego emplea el verbo synanestrafe, que el latín traduce por conversatus est. El sentido es un modo de conducta familiar en medio de los hombres; lo que Baruc afirma es la familiaridad entre Dios y los hombres; tal familiaridad ha tenido su expresión máxima en la Encarnación del Hijo de Dios.