COMENTARIO
El profeta anima a Jerusalén con un canto de alegría porque tornarán sus hijos cautivos de oriente y occidente (vv. 36-37), mientras se cierne el castigo de «la que retuvo a sus hijos», alusión implícita a Babilonia y a cuantos pueblos oprimieron a Judá.
En el v. 30, «dar el nombre» equivalía a establecer una relación de posesión; el que recibía el nombre pertenecía al que se lo otorgaba. Jerusalén pertenecía a Dios, que le había dado el nombre y se lo volvería a dar después del destierro (cfr Is 1,26; 60,14; 62,2-4; Jr 30,17; 33,16).
Los vv. 36-37 evocan resumidamente a Is 60,1-22.