COMENTARIO

 Ba 6,1-72 

La extensa Carta de Jeremías, tal como lo indica su encabezamiento, está dirigida «a los que van a ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios». En la versión de los Setenta es un escrito independiente, que viene a continuación de las Lamentaciones de Jeremías. La Vulgata latina la incluye unida al libro de Baruc. Cuando los libros sagrados se dividieron en capítulos, la Carta figuró como capítulo sexto de Baruc, y así viene en la Neovulgata y muchas versiones modernas. En conjunto, la epístola es una sátira contra los ídolos y cultos paganos con el fin de evitar su influjo en los judíos de la deportación. Ofrece semejanzas con Sb 13-15, si bien los capítulos del libro de la Sabiduría presentan argumentos más profundos. También contiene pasajes semejantes a Is 40,19-20; 44,9-20; 46,1-7; Jr 10,1-16; Sal 115,4-8; etc.

Las referencias a los cultos babilónicos son predominantes, como el dios Bel (es decir, Marduc, v. 40), los ritos de prostitución sagrada (vv. 42-43) y los cuidados para conservación y traslado de los ídolos (vv. 10-13.23-27.32.71). Según esto, la Carta podría constituir, más en concreto, una diatriba contra el culto del dios Tamuz (cfr v. 31; Ez 8,14-15), pero el conjunto contempla cualquier clase de idolatría; incluso las circunstancias podrían repetirse en la época de dominación helénica. El Catecismo de la Iglesia Católica, al explicar el primer mandamiento de la Ley de Dios, cita como autoridad de revelación, entre otros textos del Antiguo Testamento, la Carta de Jeremías en toda su extensión: «El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los ídolos…» (n. 2112).

La Carta puede estructurarse en nueve párrafos a tenor de una frase que, con algunas variaciones y a modo de conclusión, aparece en los vv. 14.22.28. 39.44.51.56.64.68, marcando el final de cada párrafo: «Por eso se conoce que no son dioses: no les tengáis miedo». Con este estribillo, el autor de la Carta llama la atención hacia la idea principal que quiere inculcar.

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