COMENTARIO

 Ba 6,15-28 

La argumentación contra los ídolos alcanza con frecuencia el sarcasmo. Enfatiza que son inútiles, como cacharros rotos; o que los guardan como a criminales en prisión o que se han de tomar toda suerte de precauciones para que no los roben los ladrones, porque no pueden defenderse; ni siquiera pueden luchar contra los gusanos ni espantar a los animales (vv. 15-21). O bien subraya que son insensibles y, en contraste con las estrictas normas del culto en Israel (Lv 6-7), dependientes de la impiedad de unos sacerdotes corruptos (vv. 23-27). Minucio Félix, en su exposición de la fe cristiana, evoca este pasaje para criticar la irracionalidad de la superstición romana: «¡Cuántas cosas los animales mudos aprecian instintivamente de vuestros dioses! Los ratones, las golondrinas, los milanos saben y se dan cuenta de que son insensibles: los pisotean, se sientan sobre ellos y, si no se les echa, hacen el nido en la boca misma de vuestro dios; las arañas les envuelven el rostro con su tela y cuelgan sus hilos de su misma cabeza. Vosotros los laváis, limpiáis, frotáis y protegéis y teméis a aquellos que vosotros mismos fabricáis, sin que ninguno de vosotros piense que debe antes conocer a Dios que darle culto, ya que todos se apresuran a obedecer irreflexivamente a sus antepasados, prefiriendo adherirse al error ajeno que fiarse de sí mismos, porque nada saben de aquello que temen» (Octavio 24,9-10).

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