COMENTARIO

 Ba 6,29-68 

A diferencia de lo que sucede entre los israelitas, el hagiógrafo se burla de que dejen que las mujeres tomen parte en las ceremonias (v. 29), lo que constituye un escándalo para los judíos, y utilicen las prendas de los ídolos en favor personal y de sus familias (v. 32). Los vv. 30-31 hablan de ritos en banquetes fúnebres que estaban prohibidos en la Ley (cfr Lv 21,5-10). Los ídolos son impotentes para corregir esas aberraciones y para librar a sus devotos de las desgracias (vv. 33-38), en claro contraste con el Dios de Israel que constituye reyes, da prosperidad o pobreza, pide cuenta de los votos, libra de la muerte, o es misericordioso con los débiles (cfr 1 S 2,8; Pr 30,8; Dt 23,22; Sal 35,10; etc.).

Incluso los caldeos deshonran a los ídolos, pues, al pedirles milagros que no pueden hacer, ponen de manifiesto su impotencia. Pretenden que un sordo, el dios Bel (Marduc), cure a un mudo (vv. 40-41), mientras que el buen israelita sabe que sólo el Señor es quien hace hablar a los mudos (cfr Is 35,6). Lo más grave de todo es que en esos cultos se practica la prostitución sagrada (vv. 42-43), gravemente condenada por Dios (cfr Dt 23,18-19). Además, la incapacidad de los ídolos para conseguir librar de los males a los hombres es otra manifestación de su falsedad. El origen de los ídolos es fruto de la mentira, mera invención humana: no son más que objetos fabricados por mano de artífices (vv. 45-50).

El autor de la Carta tiene en la mente que es el Dios de Israel, el verdadero Dios, quien instituye a los reyes (cfr p. ej. 1 S 10,1-9; 16,1-13; etc.), y da la lluvia (cfr p. ej. Dt 11,14; Sal 147,8; etc.). Es inútil que los paganos pidan esos dones a los ídolos, porque, además de ser pájaros de mal agüero, no pueden salvarse de un incendio o enfrentarse a un rey (vv. 52-55). Olimpiodoro, en uno de los fragmentos de su comentario de la Carta, se detiene en mostrar el sentido alegórico de los «cuervos» mencionados en el v. 53. Como son animales impuros, ve en ellos una imagen de los demonios que «fueron arrojados por Dios desde las esferas celestiales y son espantados de la tierra por los hombres santos con la ayuda de Cristo» (Fragmenta in epistulam Jeremiae 6,53).

Los ídolos no sirven para nada; son inútiles: no se salvan de ser robados, aunque valen más que ellos los reyes de la tierra y cualquier instrumento doméstico o elemento arquitectónico de las casas (vv. 57-58). Incluso los seres inanimados y los fenómenos de la naturaleza, sol, luna, estrellas, rayo, viento, nubes, fuego, valen más que los ídolos: éstos ni son capaces de hacer justicia a los hombres ni pueden reportarles ninguna utilidad (vv. 59-63).

Implícita está también en el autor de la Carta la soberanía del Señor sobre cielos y tierra, que con sus bendiciones y dones ordena a los seres creados hacer su función en el concierto del universo. En cambio, los ídolos no pueden nada sobre las criaturas, reyes, naciones, elementos de la naturaleza, fieras (vv. 65-67).

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