COMENTARIO
Los ídolos no sirven para nada (v. 69) porque no son nada (v. 70); es más, son una vergüenza para el país que se acoge a ellos (v. 71). Parece que el autor ha guardado para el final las ironías más punzantes: los ídolos son espantapájaros que no espantan (v. 69), difuntos en las tinieblas (v. 70). Frente a esa imaginería, la sencillez de la conclusión: el hombre justo no tiene ídolos (v. 72). «La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que “aplica a cualquier cosa en lugar de Dios su indestructible noción de Dios” (Orígenes, Cels. 2,40)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2114).