COMENTARIO
Poema de lamentación y advertencia a las diversas clases y oficios de la sociedad. El profeta repasa la situación del país tras la plaga de langostas: el hecho presagia el inminente castigo divino por los pecados. Es difícil saber si los nombres que se citan en el v. 4 son cuatro especies de langostas o sólo fases de su desarrollo. Las cuatro invasiones son especialmente dañinas en un ambiente agrícola.
En el v. 8, se compara a Judá con una virgen vestida de saco, en luto y penitencia por el novio de su juventud que ha perdido: «No otro se entiende sino Dios, que en Abrahán, Isaac y Jacob tomó para sí como esposa a una virgen, limpia de las manchas de la idolatría (…). De donde el Apóstol dice a los creyentes: Os he desposado con un solo esposo para presentaros a Cristo como una virgen casta (2 Co 11,2). Mientras esté el esposo con la esposa, no puede ésta ayunar (Mt 9,15), ni plañir, ni mostrar con lágrimas el deseo del esposo ausente. Pero cuando le sea arrebatado el esposo, plañirá y llorará, y se envolverá de saco y cilicio y se ceñirá una soga por cinturón» (S. Jerónimo, Commentarii in Ioelem 1,8).
De todas formas, el profeta acude, sobre todo, a una imagen agrícola: el campo devastado, sin frutos, y no hay siquiera lugar para las ofrendas (v. 9). No es extraño que estas imágenes reaparezcan en los escritores espirituales para urgir a la responsabilidad: «No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya granadas, dijo Jesús a sus discípulos: “la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo” (Mt 9,38). Como entonces, ahora siguen faltando peones que quieran soportar “el peso del día y del calor” (Mt 20,12). Y si los que trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel: “destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha” (Jl 1,10-11)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 158).