COMENTARIO

 Jl 1,13-20 

En forma de poema, el profeta hace una llamada apremiante a la conversión y penitencia públicas para que Dios se apiade del pueblo y del país. «Entrad, pasad la noche vestidos de saco» (v. 13): son los términos con que se describe la penitencia de David por su hijo enfermo de muerte (cfr 2 S 12,16) y, en general, los signos de grave duelo (cfr 1 R 21,27, penitencia del rey Ajab). Que los sacerdotes se vistan de saco aparece también en Jdt 4,14. «Promulgad el santo ayuno» (v. 14) —literalmente, «santificad un ayuno»— es un rito penitencial para mover a misericordia a Dios, mencionado también en otros lugares del Antiguo Testamento (1 R 21,9; Jon 3,5-9).

El motivo fundamental de los actos de penitencia se expresa en el v. 15 con un juego de palabras: la inminencia del «día del Señor» se acerca como «azote», shod, del Omnipotente, Shadday. Los vv. 16-18 muestran que el pueblo reconoce que ha merecido el castigo; así se prepara la oración del profeta que viene a continuación. En esa oración, Joel clama al Señor en representación de la comunidad (v. 19), pero de una manera significativa: no sólo es él, «incluso las bestias del campo suspiran» hacia el Señor en una oración muda.

Es significativo el hecho de que la exhortación a la penitencia se dirija en primer lugar a los sacerdotes (v. 13). Son ellos los que deben hacer duelo antes de promulgarlo para los demás: para los ancianos y para el pueblo entero (v. 14). Se refleja de esa manera lo que es una constante en la tradición bíblica y en la tradición de la Iglesia: a los ministros se les pide, antes que nada, que sean ejemplares: «Los que han sido llamados a administrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?» (S. Juan de Capistrano, Espejo de los clérigos 1, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas, 23.X).

Volver a Jl 1,13-20