COMENTARIO

 Jl 2,12-17 

La primera parte del libro culmina con una exhortación general a la conversión. Comprende dos ámbitos: la llamada profética en nombre de Dios —oráculo del Señor—, y el oficio sacerdotal de celebrar ayuno y plegarias. El centro de toda la admonición es el v. 13 donde se expone qué es lo que sustenta la vigencia de la conversión: las cualidades de Dios —«clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia, y se duele de hacer el mal»—, y determinación sincera del hombre que conduce necesariamente a la conversión interior: «Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos» (v. 13). Así lo explicaba San Jerónimo al comentar el pasaje: «Convertíos a Mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos —como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfematorias—, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestros pecados, os perdonará por la magnitud de su misericordia» (S. Jerónimo, Commentarii in Ioelem 2,12ss.).

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