COMENTARIO
La segunda parte del libro tiene un contenido directamente salvífico. La piedad del Señor (2,18) se manifiesta en el mensaje que el profeta ofrece de parte de Dios, como respuesta a la conversión: «Respondió el Señor, y dijo a su pueblo» (2,19). Con esas palabras del Señor, el profeta alienta a Judá y a Jerusalén, diciéndoles que no tienen por qué temer, pues el Señor les librará de las desgracias y les dará toda clase de bienes terrenos, simbolizados aquí por la abundancia de los productos de la tierra: grano, vino y aceite (2,19-27).
Pero el punto culminante estriba en que Dios derramará su «Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos verán en sueños, y vuestros jóvenes tendrán visiones» (3,1). La efusión del Espíritu es señal definitiva de la llegada del «día del Señor». Esta expresión recurre cinco veces (1,15; 2,1.11; 3,4 y 4,14), cada vez con mayor intensidad. El día del Señor orienta a un horizonte escatológico variado: castigo de las iniquidades (1,15; 2,1-3), manifestación del poder del Señor mediante prodigios en tierra y cielos (3,3-4) y, sobre todo, el día del Juicio definitivo del Señor a todos los pueblos (4,1-8).