COMENTARIO
Es el gran texto de la efusión del Espíritu. La expresión «después de esto» (v. 1) marca el paso de los bienes materiales descritos en los versículos anteriores (2,19-27) a los bienes espirituales. La efusión del Espíritu implica unos dones carismáticos y proféticos antes que morales, que son su consecuencia. Es el cumplimiento de una antigua esperanza, apuntada en Nm 11,16-30: «Reúneme setenta hombres entre los ancianos [de Israel] (…) tomaré un poco del espíritu que hay sobre ti y lo infundiré sobre ellos (…) ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su Espíritu!». Esta esperanza se acentúa en Joel, ya que la efusión del Espíritu no tiene límites: ancianos, jóvenes, hasta siervos y siervas (v. 2). Y el Señor realizará de nuevo por medio de ellos prodigios (v. 3), como los realizados por los profetas propiamente dichos (cfr Dt 13,2; etc.).
San Pedro ve cumplida esa promesa del profeta cuando el Espíritu Santo es derramado sobre los presentes en la reunión de la primitiva comunidad (Hch 2,1-21). «El texto de Joel sirve [a Pedro] para explicar de modo adecuado el significado del acontecimiento, del que los presentes han visto las señales: “la efusión del Espíritu Santo”. Se trata de una acción sobrenatural de Dios unida a las señales típicas de la venida de Dios, predicha por los profetas e identificada por el Nuevo Testamento con la venida misma de Cristo» (S. Juan Pablo II, Alocución 8.XI.89). Por eso también, en la tradición de la Iglesia, este descenso a la tierra del Espíritu Santo es visto como una prolongación del descenso sobre Jesucristo en el Jordán: «Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo. Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,17,1-2).