COMENTARIO

 Jl 4,1-8 

La restauración del pueblo de Dios comporta el juicio de las naciones que lo han atribulado. Así lo especifica el profeta con algunas naciones que limitan con la tierra de Israel por la costa del Mediterráneo (v. 4). Se les acusa de haber saqueado y hecho tráfico humano con el pueblo de Dios.

El profeta sitúa el juicio de las naciones en el valle de Josafat (v. 2). «Josafat» significa «el Señor juzga». Un poco más adelante (cfr 4,14), el valle de Josafat será llamado «el valle del Jarús», esto es, el lugar donde se dictará la sentencia contra las naciones. Se discute si Joel está pensando en un lugar concreto. Desde el siglo IV una tradición judía y cristiana (y más tarde también musulmana) lo identifica con la parte del valle del Cedrón que separa el monte de los Olivos del Templo de Jerusalén. El Cedrón, por otra parte, se convirtió en la literatura apócrifa en el valle del Juicio Final. Estas connotaciones escatológicas explican en buena medida la presencia de una gran cantidad de tumbas en ese lugar. Para otros autores, en cambio, el valle de Josafat indica un lugar más apocalíptico que geográfico. En todo caso, apunta siempre al juicio de Dios, y el juicio de Dios es siempre una llamada al arrepentimiento: «Hermanos, ya que se nos ofrece esta magnífica ocasión de arrepentirnos, mientras aún es tiempo, convirtámonos a Dios que nos llama y se muestra dispuesto a acogernos. Si renunciamos a los placeres terrenales y dominamos nuestras tendencias pecaminosas, nos beneficiaremos de la misericordia de Jesús. Daos cuenta que llega el día del juicio, ardiente como un horno, cuando el cielo se derretirá y toda la tierra se licuará como el plomo en el fuego, y entonces se pondrán al descubierto nuestras obras, aun las más ocultas» (Pseudo-Clemente, Epistula II ad Corinthios 15,10-15).

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