COMENTARIO
Seis oráculos contra las naciones que rodean a Israel y Judá. Se condenan delitos como la crueldad en las conquistas (1,3), la reducción a la esclavitud, o a la cautividad, de grandes poblaciones (1,6.9), la violación de pactos entre pueblos emparentados (1,9), la falta de misericordia con otro pueblo (1,11), la violencia con las mujeres (1,13), etc. El Señor castigará esas iniquidades de las naciones porque Él es el que juzga y gobierna, no sólo al pueblo elegido, sino a todas las naciones, como Señor de cielos y tierra y de la humanidad entera, según se proclamará más expresamente en 9,5-10. La palabra hebrea que se ha traducido por «delitos» (pesha‘îm), connota la idea de rebelión: las naciones, al cometer tales delitos, se han rebelado contra el Señor.
En los dos primeros oráculos el juicio se dirige a los gobernantes. Así, en 1,5.8 se repite la expresión «se sienta en…». También podría traducirse «aniquilaré al/los que habita/habitan en…», refiriéndose de esa manera al pueblo entero. Si embargo, la frase «el que se sienta en el trono de…» es paralela a la siguiente: «el que empuña el cetro de…». Parece claro que, para Amós, las injusticias son, sobre todo, responsabilidad de los gobernantes. A los que tienen un compromiso civil les compete en primer lugar el deber de la justicia: «Los que son o pueden llegar a ser idóneos para el difícil y, al mismo tiempo, tan noble arte de la política deben prepararse para él y procurar ejercerlo olvidándose de su propio interés y del beneficio venal. Actuarán con integridad de costumbres y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra el dominio arbitrario y la intolerancia de un solo hombre o un solo partido político; se consagrarán con sinceridad y equidad, más aún, con amor y fortaleza política, al bien de todos» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 75).