COMENTARIO
El oráculo tiene un ritmo regular en el que cada una de las acciones de Dios se concluye con una frase que es como el estribillo de un poema: «Pero no os convertisteis a Mí, oráculo del Señor» (vv. 6.8.9.10.11). Las acciones de Dios que se narran —carencia de víveres, falta de agua, enfermedades y plagas en las cosechas, destrucción de las ciudades— recuerdan las plagas de Egipto, pero, sobre todo, señalan la soberanía divina sobre la naturaleza. Así, se enseña lo mismo que en las doxologías: Dios, el Señor de Israel, es el único que tiene poder sobre todo lo creado, y no Baal, o los dioses cananeos. Por otra parte, los castigos divinos tienen como fin la conversión. Al ver las desgracias, los israelitas deberían haberse convertido. Pero no lo han hecho: el pecado de Israel es el orgullo y la autosuficiencia, y por eso, ahora, debe prepararse para el juicio y el castigo del Señor (v. 12; cfr 3,1).