COMENTARIO
Ésta es la primera de tres doxologías —o himnos de alabanza— que se encuentran en Amós (cfr 5,8-9; 9,5-6). En estos breves versos en forma de himno se canta la omnipotencia de Dios sobre todo lo creado, hasta las cosas que parecen más excelsas para el hombre. Al cantar la grandeza de Dios se convierten también en una confesión de la fe en el Señor. En el Nuevo Testamento se usó la misma forma literaria para confesar la divinidad de Jesucristo (Rm 16,25-27; 2 P 3,17-18; etc.), y en la liturgia cristiana se utiliza muchas veces esta forma de alabanza a Dios.
En la primera parte del versículo se dice que el Señor es el que «crea el viento». Como estas dos palabras —bara’, «crear», y ruah, «espíritu» o «viento»— son las mismas que aparecen en el relato de la creación (Gn 1,1-2) para designar la acción de Dios y al Espíritu de Dios, algunos herejes quisieron deducir del texto de Amós que el Espíritu Santo no era Dios sino un ser creado por Él y subordinado a Él. Tal vez por eso, aunque el texto en sí mismo parezca poco relevante, fue objeto de atención de los Padres de la Iglesia: San Atanasio, Dídimo el ciego, etc. Así lo recoge San Ambrosio: «Los herejes suelen objetar que parece que el Espíritu Santo ha sido creado, porque muchos de ellos usan como argumento para apoyar su impiedad lo que Amós dijo del soplo de los vientos (…). Y para que sepas que se refirió a este espíritu [de tempestad], dice: consolidando el trueno y creando el espíritu, porque estos fenómenos son creados cuando se producen. Pero el Espíritu Santo es eterno, y si alguien se atreve a decir que es creado, no puede decir que es creado diariamente como los vientos» (De Spiritu Sancto 2,6.48-51).