COMENTARIO

 Am 5,18-20 

El recuerdo de las acciones de Dios a favor de Israel fundaba la esperanza en un «día» en el que el Señor intervendría de nuevo para actualizar todas las promesas que había hecho a los patriarcas. Por tanto, en ese horizonte, el día del Señor era un día de salvación, un día de gracia y de gloria. Sin embargo, Amós (cfr también 8,9-14), lo mismo que otros profetas (cfr Is 2,11; Jr 30,5-24; Jl 1,15; 3,4; 4,1; So 1,14-18; Ml 3,19-23; etc.), cambia el sentido de ese día con un significado inesperado: el «día del Señor» será un día de juicio, de condena y de desgracia. A lo largo de la tradición profética, este motivo se fue precisando y enriqueciendo al mismo tiempo. Se fue enriqueciendo con descripciones de las señales que lo acompañarán, y se fue precisando en un sentido ambivalente: será de castigo para los pecadores, y de salvación para los justos. Las descripciones del discurso apocalíptico del Señor en los evangelios sinópticos (cfr Mt 24,29-41 y par) tienen muy presentes estos anuncios proféticos.

El oráculo es muy expresivo. Su punto de partida es el anhelo de aquellos a los que se dirige. Éstos piensan en una manifestación gloriosa del Señor en su favor, y Amós ironiza sobre ello. Primero les dice que no será un día de salvación, de luz, sino de tinieblas, de ruina (vv. 18.20); después, con imágenes muy vivas, les proclama que su llegada será sorprendente y desagradable (v. 19): tan sorprendente y desagradable como ser atacado por una serpiente en la propia casa, o como caer en manos de un peligro mayor cuando se acaba de sortear el menor.

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