COMENTARIO
Las dos primeras visiones, la langosta y el fuego, presentan un esquema idéntico. Ante la imagen que le muestra el Señor, el profeta intercede y el Señor se «arrepiente» del mal anunciado. Al lector no puede dejar de llamarle la atención la razón que invoca Amós en su intercesión ante el Señor, y que tiene éxito: Israel «¡es tan pequeño!» (vv. 2.5). Esta circunstancia recuerda el aprecio del Señor por los pequeños (Mt 18,2-10 y par) y funda la importancia que tiene en la tradición cristiana saberse pequeño ante Dios: «Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre… “El que sea pequeñito, que venga a mí”, dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que “a los pequeños se les compadece y perdona”. Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día “el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho”. Y como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas os acariciaré”» (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. 9).
Por otra parte, el diálogo de Amós con el Señor permite ver los resortes de la oración verdadera: «La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. (…) La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor. (…) La oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma historia en la perspectiva salvífica de Dios y de la eternidad» (S. Juan Pablo II, Alocución 14.III.1979).