COMENTARIO

 Am 8,1-14 

La cuarta visión, la de las frutas maduras (vv. 1-3), introduce una denuncia de injusticias (vv. 4-8) y una nueva descripción del «día del Señor» (vv. 9-14). Las tres cosas están muy relacionadas. En la visión, el profeta juega con los términos «frutas maduras», qaytz, y «fin», qetz (cfr v. 2). Indica así que el proceso de corrupción de Israel (vv. 4-8) ha llegado a su término, no hay vuelta atrás, y sólo cabe esperar el día de juicio del Señor (vv. 9-14).

A continuación viene la denuncia profética de las injusticias (vv. 4-8). Amós especifica con claridad las faltas: el fraude (v. 5) y la especulación con la necesidad ajena (v. 6). Apoyándose en éste y en otros textos (cfr Dt 24,14-15; 25,13-16; St 5,4), la catequesis de la Iglesia especificó los contenidos de la virtud de la justicia: «No nos dediquemos a acumular y guardar dinero, mientras otros tienen que luchar en medio de la pobreza, para no merecer el ataque acerbo y amenazador de las palabras del profeta Amós: Escuchad, los que decís: “¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano?”» (S. Gregorio Nacianceno, De pauperum amore [Oratio 14] 24).

Al final (vv. 9-14) se recoge la segunda descripción del «día del Señor» (cfr 5,18-20). El tema de las tinieblas de aquel oráculo aparece aquí desarrollado en forma de un eclipse (v. 9), pero además el profeta lo enriquece con otros motivos: el llanto y el sufrimiento (v. 10), el desfallecimiento de los que deberían estar en pleno vigor (v. 13) y, sobre todo, la búsqueda infructuosa de la palabra de Dios (vv. 11-12). Día terrible será aquel en el que no pueda acudirse a la luz de la palabra de Dios. Tal vez por eso, en la cuarta petición del «Padrenuestro» —«danos hoy nuestro pan de cada día»— se incluye también este significado: «Hay hambre sobre la tierra, “mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios” (Am 8,11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (cfr Jn 6,26-58)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2835).

En muchas ocasiones, los Padres, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los Apóstoles, intentaron descubrir en los textos proféticos del Antiguo Testamento anuncios de la vida de Jesucristo. En este contexto, los vv. 9-10 aparecen en alguna ocasión como profecías de la muerte de Jesús y la destrucción de Jerusalén anunciada por Él (cfr Mt 24,2 y par): «Ahora bien, algunos profetizaban que un hombre, menospreciado y sin gloria y familiarizado con el sufrimiento (cfr Is 53,3) y sentado sobre un pollino de asna (cfr Za 9,9), vendría a Jerusalén, y presentaría su espalda a los latigazos y sus mejillas a los bofetones, sería llevado como oveja al matadero (cfr Is 53,7), y le darían a beber hiel y vinagre (cfr Sal 68,22), y sería abandonado de sus amigos y allegados (cfr Sal 27,12), y extendería sus manos todo el día (cfr Is 65,2); y sería objeto de risa y de insultos para los espectadores, y que se repartirían sus vestidos y echarían a suertes su túnica, y sería reducido al polvo de la muerte (cfr Sal 21,8); y así profetizaban todo lo demás, como su venida como hombre y cómo hizo su entrada en Jerusalén, donde sufrió su Pasión y fue crucificado y sufrió todos los tormentos de los que hemos hablado (…). Pero los que dijeron en aquel día, dice el Señor, se pondrá el sol en pleno mediodía, y las tinieblas cubrirán la tierra en pleno día, y convertiré los días festivos en llanto y todos vuestros cánticos en lamentación (Am 8,9-10), profetizaron claramente estas dos cosas: la puesta del sol cuando nuestro Señor fue crucificado, o sea a la hora sexta, y que sus días festivos según la ley y sus cánticos se convertirían en llanto y lamentación cuando fueran entregados a los gentiles» (S. Ireneo, Adversus haereses 4,33,12).

Volver a Am 8,1-14