COMENTARIO

 Am 9,7-10 

Con dos preguntas de tono teológico–sapiencial (v. 7), puestas en labios de Dios, se deshace el orgullo de Israel: ellos son un pueblo más ante el Señor, como los etíopes, los filisteos o los sirios. A los oyentes de Amós estas palabras debieron de sonarles muy duras, escandalosas: ¿dónde quedan, entonces, los privilegios de Israel? Sin embargo, esta visión tan negativa de Amós debe completarse con la enseñanza que propone el profeta a continuación: cualquier nación pecadora será castigada, pero «no haré desaparecer del todo a la casa de Jacob» (v. 8). El Señor es el Juez de las naciones y dará a cada cual su merecido (vv. 9-10), castigará a los pecadores, también a los israelitas, especialmente a los que ponen la confianza en la mera pertenencia al pueblo (v. 10), pero anuncia una esperanza en medio de la desolación. El oráculo conclusivo es un desarrollo de esa esperanza con el horizonte de la restauración.

Con Cristo se hicieron realidad las palabras del v. 7, pues eliminó cualquier privilegio, haciendo a todos partícipes de una misma y altísima dignidad: «Ya no hay diferencia entre judío y griego (…), porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3,28; cfr Rm 2,11; 10,12-13).

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