COMENTARIO

 Am 9,11-15 

Frente a las imprecaciones que han dominado el libro, ahora aparece este oráculo de bendición. Comienza retomando la expresión con la que se describía el día del Señor, «aquel día» (v. 11), pero ahora en su vertiente de salvación para los justos. El oráculo puede ser un añadido, pues su contenido supone la caída del reino de Judá y de Jerusalén, «la cabaña caída de David», cuya ruina se promete restaurar (v. 11) frente a «Edom y todas las naciones» (v. 12). Punto fundamental en la restauración es la fecundidad de la tierra de Israel (vv. 13-14), la vuelta de los cautivos (v. 14) y la promesa de que ya no será erradicado (v. 15).

Aunque el oráculo anuncia una época de bienestar, y en cierta manera definitiva, no figura en esa promesa ningún personaje mesiánico. Sin embargo, los Apóstoles actualizaron este texto viendo en él un anuncio de la universalidad de la salvación. Así lo expone Santiago el menor en el Concilio de Jerusalén: «Cuando terminaron de hablar, Santiago contestó: “Hermanos, oídme: Simón ha contado cómo desde el principio Dios se dignó elegir entre los gentiles un pueblo para su Nombre. Con esto concuerdan las palabras de los Profetas, según está escrito: Después de esto volveré y reedificaré la tienda caída de David, reconstruiré sus ruinas y la levantaré de nuevo, para que busquen al Señor los demás hombres y todas las naciones sobre las que ha sido invocado mi Nombre. Así dice el Señor, que hace estas cosas conocidas desde la eternidad. Por lo cual estimo que no se debe inquietar más a los gentiles que se convierten a Dios”» (Hch 15,13-19). Y en las expresiones del Apóstol Santiago, los Padres vieron la continuidad entre las promesas del Antiguo y el Nuevo Testamento: «De todo esto resulta evidente que no proclamaban a otro Padre, sino que proporcionaban una Nueva Alianza de libertad a los que de una manera nueva creían en Dios por medio del Espíritu Santo» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,12,14).

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