COMENTARIO

 Ab 1-7 

La primera parte del libro consta de tres breves secciones: el título (v. 1a), el juicio decretado por Dios contra el orgullo de Edom (vv. 1b-4) y la escenificación de la caída de los edomitas (vv. 5-7).

En el título aparece el término visión, jazôn, que se emplea para designar la visión profética, incluida la audición de palabras de Dios (cfr Is 1,1; Na 1,1). Por eso, suele tener el sentido amplio de mensaje profético. San Jerónimo lo explicaba así: «Por tanto, si después de la palabra visión se añaden las palabras que le fueron dichas y se ven con los ojos de la mente las palabras que suele percibir el oído, es lógico que el vidente, puesto que antiguamente los profetas se llamaban videntes, incluya en el título la palabra visión» (Commentarii in Abdiam 1).

Después (vv. 1b-4), se recoge el juicio contra Edom. Las palabras del oráculo son casi idénticas a Jr 49,14-16, aunque aquí tienen una gran expresividad. El oráculo consta de dos partes: el mensaje del Señor a las naciones (v. 1b), que encontrará su cumplimiento más tarde (vv. 5-7), y lo que se le dice a Edom (vv. 2-4). En el oráculo, el profeta juega con las palabras y los conceptos para dar fuerza a su discurso. El juego de palabras está presente en la frase «el que habita en las grietas de las rocas» (v. 3) que parece una alusión a Sela, o Petra, capital de Edom. Pero la significación se da, sobre todo, en los conceptos: piensan los edomitas que son grandes, y en realidad son poca cosa (v. 2), que están protegidos por vivir en alto, en lugares escarpados (v. 3), y que, por tanto, pueden observar lo que pasa allí abajo, con los demás —se entiende con Judá (cfr v. 11)— quedándose al margen, sin que les afecte a ellos (v. 4). Pero esto no es verdad. No se dan cuenta de que el Señor es el único que es grande y el único que vive realmente en lo alto. Respecto de Él, las demás cosas son pequeñas, bajas y pasajeras. Edom vive equivocado: su arrogancia, le ha engañado (v. 3). El oráculo no deja de ser una advertencia al orgulloso que no tiene como propias las necesidades de los demás: «A Ti, que abates la altivez de los soberbios, que deshaces los planes de las naciones, que levantas a los humildes y abates a los orgullosos; a Ti, que enriqueces y empobreces; a Ti, que das la muerte y devuelves la vida. Tú eres el único bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne, que penetras con tu mirada los abismos y escrutas las obras de los hombres; Tú eres ayuda para los que están en peligro, salvador de los desesperados, criador y guardián de todo espíritu. (…) Te rogamos, Señor, que seas nuestra ayuda y nuestra protección: salva a los oprimidos, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, muestra tu bondad a los necesitados, da la salud a los enfermos, concede la conversión a los que han abandonado a tu pueblo, da alimento a los hambrientos, liberta a los prisioneros, endereza a los que se doblan, afianza a los que desfallecen» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 59,3-4).

Los vv. 5-7 (cfr Jr 49,9-10) escenifican la caída de Edom significándolo con su antepasado: Esaú. Con imágenes vivas el profeta señala que la caída vendrá desde donde menos se espera —los antiguos aliados que ahora se aprovechan porque dicen que ya no hay cordura en Edom (v. 7)—, y cuando menos se espera: como el ladrón nocturno (v. 5). Finalmente, también le advierte que su ruina será total, quedará arrasado (v. 6), no subsistirá ni el rebusco, es decir, ni aquello que es tan poca cosa que no merece la pena detenerse a recoger (v. 5).

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