COMENTARIO

 Ab 8-14 

El país de Edom estuvo sometido a Judá más de ciento cincuenta años: desde David (cfr 2 S 8,13-14) hasta Joram (2 R 8,20-22). La enemistad entre ambos pueblos hermanos —Edom (Esaú) es hijo de Isaac (cfr Gn 25,19-34)— es proverbial en la Biblia, y los oráculos antiedomitas recorren los textos proféticos (cfr Is 34,1-17; Ez 25,12-14; Am 1,11-12; etc.). Sin embargo, el profeta alude aquí a un momento significativo: cuando los babilonios conquistaron Jerusalén, los edomitas se unieron al ejército invasor y llegaron a establecerse en Judá (cfr Ez 35,10).

El oráculo tiene dos partes: en la primera se anuncia el castigo a Edom (vv. 8-10) y en la segunda se exponen las faltas por las que Edom es castigado (vv. 11-14). Las dos partes están unidas por la expresión «el día». En el día del Señor (v. 8) se castigará a Edom, porque el día de la desgracia de Judá (vv. 11-14) Edom no acudió en su auxilio.

La primera parte (vv. 8-10) ironiza sobre la sabiduría de los edomitas —por otra parte, conocida en la Biblia (cfr Jr 49,7; Ba 3,22-23; Jb 2,11)— y sobre su valentía: Temán es un jefe guerrero, nieto de Esaú (Gn 36,15). Su astucia y su sabiduría, dice el profeta, les han llevado a unirse a Nabucodonosor contra Israel; su valentía la han aprovechado para expoliar a sus hermanos. Pero el Señor no permanece ajeno a las desgracias de su pueblo, y por eso Edom recibirá por la astucia, vergüenza, y por la fuerza, muerte (v. 10).

La segunda parte (vv. 11-14) es una enumeración, en un clímax ascendente, de las culpas concretas de los edomitas, el día de la caída de Judá: se mantuvieron al margen (v. 11), es más, se alegraron de la desgracia de sus hermanos (v. 12), incluso, se aprovecharon de esa desgracia para expoliarles (v. 13), y, todavía más, les traicionaron y les asesinaron (v. 14). El profeta parece decir: si no se hubieran mantenido al margen, no se hubieran después alegrado de la desgracia, y no hubieran robado. El pasaje se convierte así en una enseñanza para dar importancia a lo pequeño. Las ofensas grandes han estado precedidas de descuidos en cosas aparentemente menos importantes: «El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos leves hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión…» (S. Agustín, In epistolam Ioannis 1,6; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1863).

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