COMENTARIO

 Jon 2,1-11 

A lo largo del capítulo anterior se ha mostrado la Providencia de Dios en todas las acciones. Ahora se consuma esta providencia con Jonás, que es salvado del mar y conducido a tierra firme. Éste es el sentido del pasaje tanto en las vicisitudes que narra como en la oración de Jonás: el pez enorme (v. 1) no es un instrumento de castigo sino de salvación (vv. 3.7.10). En la tradición bíblica, el mar es presentado como lugar de las fuerzas enemigas del hombre, que sólo Dios puede dominar (cfr Jb 7,12; Sal 104,9; etc.), por eso en ocasiones se asimila también al sheol (v. 3; cfr Jb 7,9), el reino de la muerte del que no se puede volver (v. 7). Teniendo presente esta significación, la aplicación que Jesús hace del signo de Jonás (Mt 12,40) para explicar su propia muerte y resurrección es mucho menos artificiosa de lo que podría parecer a primera vista: tampoco el sheol, el reino de la muerte, pudo retener a Jesucristo en su seno más de tres días. Y la afinidad con el agua tal vez provocara que la historia de Jonás se utilizara en la liturgia bautismal. El cristiano también es sepultado en el agua bautismal y renace a la vida nueva en Cristo: «Para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, humildad y paciencia, sino también en su muerte (…). Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con Él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva (…). ¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne» (S. Basilio, De Spiritu Sancto 15,35).

La oración de Jonás en el vientre del pez (vv. 3-10) es como un mosaico de textos que se toman prestados de diversos salmos, con pequeñas variaciones. La estructura es la típica de los salmos de acción de gracias: recuerdo de las angustias pasadas, relato de la salvación, y promesa de ofrecer los sacrificios y cumplir los votos correspondientes. Colocada en este lugar, la oración puede desconcertar un poco pues parece que encajaría mejor después, una vez que Jonás esté ya salvo, en tierra firme. Con todo, el sentido de la oración es perfectamente congruente con el contenido del episodio. Por eso, comenta Orígenes: «Quien sabiendo de qué monstruo es figura el que engulló a Jonás (…), ese tal, si por una caída en la infidelidad, viene a parar al vientre del gran monstruo, que ore arrepentido, y saldrá otra vez de allí y una vez fuera, si persevera en observar los mandamientos de Dios, podrá (…) ser ocasión de salvación para los ninivitas de hoy día, que también están en riesgo de perecer, pues sintiéndose feliz por la misericordia divina, no querrá que Dios mantenga una actitud de dureza con los penitentes» (De oratione 13,4).

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