COMENTARIO
Los ninivitas se convierten y el Señor se retrae del mal que pensaba hacer. Aquí podría acabar el libro, si el mensaje se limitara a la llamada que el Señor dirige también a los gentiles. Sin embargo, con el diálogo entre Jonás y el Señor, la narración da un giro sorprendente y se enriquece con nuevas significaciones: se pone de relieve el alcance de la misericordia de Dios, se enseña por qué algunos oráculos proféticos no se han cumplido, a pesar de haber sido pronunciados por verdaderos profetas, y se explican, en fin, las razones de la actuación del Señor.
Lo mismo que en el resto del libro, también en este episodio la enseñanza se desprende de los personajes. El más curioso, como en todo el libro, es Jonás. Había predicado en Nínive, pero parece claro que no esperaba que sus palabras surtieran efecto. Es más, aunque ha visto que Dios ha decidido perdonar a Nínive, en el fondo quizás está convencido de que la situación no se mantendrá: o bien los ninivitas volverán a las andadas, o simplemente el castigo de Dios se ha aplazado. Por eso se instala en las afueras «a la espera de lo que sucediese en la ciudad» (v. 5). El enfado de Jonás (vv. 1-4.8-9), que en un primer momento nos parece casi grotesco, tiene su explicación. Para distinguir las profecías verdaderas de las que no lo eran, el Deuteronomio daba el siguiente criterio: «Si lo que dice el profeta en nombre del Señor no sucede ni se cumple, esa palabra no la ha pronunciado el Señor. El profeta ha hablado presuntuosamente: no le temas» (Dt 18,22). Por tanto, a los ojos de Jonás, el mandato del Señor y su posterior retractación lo han desautorizado como profeta.
El problema planteado es complejo y necesita algo más que una respuesta superficial; de ahí que el texto insista en la misericordia del Señor. Como antes —cuando Jonás pretendía huir de Dios, aunque sabía que el Señor era el creador de cielo y tierra (cfr 1,9)—, lo mismo ahora: Jonás sabe que la clemencia y la misericordia (v. 2) son las cualidades esenciales del Señor (cfr Ex 34,6-7), pero no quiere experimentarlo en las circunstancias de la vida. Por eso, Dios recurre al ricino con el que le proporciona a Jonás una doble explicación, teórica y práctica, de su misericordia. El ricino es en primer lugar una muestra más de la misericordia de Dios, un modo de librarle del malestar y aplacar su cólera (v. 6). Pero en un segundo momento, el episodio del ricino se convierte en una especie de parábola. Si Jonás se apiada de una planta que le ha proporcionado un poco de bienestar (v. 10), ¿por qué Dios no se va a apiadar de aquellos ninivitas? Se podría pensar, con Jonás, que todo tiene un límite y un simple gesto de penitencia no puede ocultar que Nínive ha sido siempre una ciudad perversa (cfr 1,2). Y es aquí cuando el Señor da una razón más a sus argumentos para el perdón. En realidad, los ninivitas obran mal por ignorancia moral, porque no saben distinguir lo que hay entre su derecha y su izquierda (cfr Qo 10,2), y son más de ciento veinte mil —literalmente doce veces diez mil—, es decir, una cifra simbólica que sugiere que los ninivitas son más parecidos al pueblo elegido de lo que podía pensar Jonás.
En este sentido, y a propósito del número de los ninivitas, comenta San Juan Crisóstomo: «No menciona este número tan grande sin un propósito determinado. Lo hace para que aprendas que cada oración, cuando se ofrece en unión de muchas voces, tiene un gran poder» (De incomprehensibile Dei natura 3).